La vida de cada uno es sagrada, sagrado el espacio que ocupan sus vacíos e ignorancias, sus debilidades son sagradas, sus errores y torpezas lo son, sus crímenes no. Hay lugares donde uno no puede meterse. Sólo pueden ser transitados en puntas de pie, han sido pisoteados y están en carne viva. A veces pertenecen a un pasado que ni siquiera es propio, y cuando he llegado a conocerlos para liberarlos, sacármelos de encima, han superado al asombro.
Las mentiras instaladas donde grandes secretos se han estado encubriendo durante generaciones, se hacen fuertes y prepotentes. Por eso quizás hayan molestado tanto las pequeñas mentiras, esas que pueden perdonarse fácilmente. Algo insano gritaba y quería salir a través de ellas.
De niña, yo andaba en triciclo con ruleros. Tengo una foto con la que he iniciado la historia En triciclo y con ruleros. Mi cabello lacio y poroso a los cambios del ambiente, debía ser de otra manera.
Mis oídos oían demasiado. Nariz de enchufe me decían por respingada y de agujeros olfateadores, también el olfato era demasiado. Mis pobres padres sólo supieron tapar y simular lo que no podían tolerar, por eso las ambigüedades y contradicciones permanentes. Pero el amor estuvo y logró que yo pudiera saltar el charco, después de muchos desconciertos.
Nueva vida necesitamos generar, abiertas a las luces y a las sombras.
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