He conocido en este último mes a una persona pequeña
de apenas 12 años, niña todavía. Ojos enormes, con los gestos y la terribilidad
de la niñez.
Venía arrastrando una
historia triste y vandálica, muy parecida a otra que circula hoy en los medios.
Apenas estuvo con nosotros unas semanas, venía a refugiarse de una expulsión y
de otros hechos que no decía. Nos enteramos de lo que sucedía, pero como una
historia suya, personal, del “en qué
anda”, cuando en realidad su historia cargaba con medio barrio y otra media
ciudad en diferentes barrios, nunca en uno. Todavía una niña, estaba teniendo su
primera menstruación. Hablaba por los adultos, los que estaban contra ella no eran quienes le hacían
daño sino quienes pretendían cuidarla, pero como deschavaban a los otros, ella debía callar. Quizás por eso no paraba de hablar de todo, sin pausa,
agresivamente, cuidando a sus hermanos y peleando con ellos, atenta a todos y
sin poder cuidarse a sí misma.
Se encariñó con nosotros a lo mejor porque no la retamos, la escuchamos y no estábamos de acuerdo con su
partida, “porque acá soy un desastre, me llevo mal, no me quieren en el barrio,
he tenido problemas”. Sus amigas la dejaban cuando se daban cuenta que hacía
“algo malo” para recibir plata. Casi todos conocían su historia en el barrio.
Pero lo que no pude saber fue el nombre y apellido del abusador, vivía en otra
cuadra pero no tenía nombre. Sólo un hombre supo decirme que también había otro
en la misma cuadra.
Vino la madre a buscarla y
se la llevó a otra provincia, suponíamos que no iba a estar mejor, pero… a lo
mejor…
Recibí un mensaje suyo
cuando salía, con dibujos de ositos como los que dejó para pintar en las
paredes.
Me zampé en una novela con
destinos terribles, más terribles, para imaginarme que esa niña empezaría a ser
una mujer fuerte, buscaría la luz y
vencería la poca suerte que había tenido hasta ahora.
Estoy haciendo un programa
alegre para este fin de semana, quiero reírme mucho para juntar fuerzas otra
vez, recargar energías.