domingo, 23 de noviembre de 2014

Quién puede detener la primavera…


  
 Cuando uno de mis hijos era tan chiquito como para acurrucarse abrazado a mi rodilla mientras yo estaba sentada en la cama leyendo, sucedió algo inolvidable. Al sentirlo muy quieto, distraje mi atención de la página y lo observé de reojo. Tan absorto como yo, me miraba y miraba los renglones escritos en el papel, buscaba la relación, la razón que me apartaba de su animada presencia.


 Mucho tiempo después sentí algo parecido a lo que imaginé  en el niño.

Me aboqué a buscar en aquel libro de Erich Fromm las respuestas sugeridas, y fui recorriendo laboriosamente por áridos senderos racionales que, supuse, me volverían a la buena senda.
A pesar de toda la voluntad y recursos intelectuales aplicados, poco logré más que apartarme sin poder leer lo que en otra circunstancia hubiera sido hasta interesante para mí.

Tiempo después descubrí otro libro por el que pude deslizarme como pez, reanimarme y conocerme.

El Libro de la Vida, Krisnamurti, su mes de abril, sus ventanas abiertas, aquello que el niño quería ver.

 El decir, los tonos y los modos que superan las palabras, imperfectos y hasta torpes a veces, comunicadores del alma.

 “Quién puede detener la primavera” 

Qué son estas palabras sin alguien que las reconozca y se reconozca.




















No hay comentarios:

Publicar un comentario