Cuando uno de mis hijos era tan chiquito como
para acurrucarse abrazado a mi rodilla mientras yo estaba sentada en la cama
leyendo, sucedió algo inolvidable. Al sentirlo muy quieto, distraje mi atención
de la página y lo observé de reojo. Tan absorto como yo, me miraba y miraba los
renglones escritos en el papel, buscaba la relación, la razón que me apartaba
de su animada presencia.
Mucho tiempo después sentí algo parecido a lo
que imaginé en el niño.
Me aboqué a
buscar en aquel libro de Erich Fromm las respuestas sugeridas, y fui
recorriendo laboriosamente por áridos senderos racionales que, supuse, me volverían
a la buena senda.
A pesar de toda
la voluntad y recursos intelectuales aplicados, poco logré más que apartarme
sin poder leer lo que en otra circunstancia hubiera sido hasta interesante para
mí.
Tiempo después descubrí
otro libro por el que pude deslizarme como pez, reanimarme y conocerme.
El Libro de la Vida,
Krisnamurti, su mes de abril, sus ventanas abiertas, aquello que el niño quería
ver.
El decir, los tonos y los modos que superan las
palabras, imperfectos y hasta torpes a veces, comunicadores del alma.
“Quién puede detener la primavera”
Qué son estas
palabras sin alguien que las reconozca y se reconozca.

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