domingo, 11 de noviembre de 2018

Armonías


 Escribo y escribo sobre papeles rosas y cremas los ciclos de la vida, reconozco la identidad transportada en nuestros úteros de generación en generación. Estoy deshojando el árbol de los sueños y las desilusiones; acompasando los movimientos a los ritmos de la música, brotan y se sueltan los cabos rotos, los nudos, las heridas sin cicatrizar. Callar y escuchar, sentir sin pensar, cada vez menos palabras y más significados.

No sigo los programas ofrecidos, no sé si los necesito, pero me apabullan.

Tengo que digerir lentamente, sin comentar y sólo a veces compartiendo.

Estoy descubriendo reacciones que no me pertenecen, sostenidos hábitos de convivencia que transmiten adicciones y enfermedades en comunidades y familias.

Es en la infancia donde puedo escuchar las respuestas más claras.

Y ya no pregunto tanto, sólo a veces. Dejo que las imágenes y los momentos vividos vayan diciéndome. 
Sucede que hay una oferta esperando en cada puerta entreabierta, y la posibilidad de generar nuevas confusiones que dan lugar a nuevas ofertas...

Encontré una forma de encontrarme que había ensayado desde niña, primero con mi sombra, y luego orquestada con ciclos hormonales y en la relación con los hijos. Esa ha sido mi forma más auténtica y placentera de expresión, el movimiento que la energía musical contagia al cuerpo. Una forma muda de toda palabra


Y quizás por Vivaldi o por Don Sixto, recibo de regalo un violín. El violín soñado, el instrumento que apaciguaba hasta los más frecuentes dolores de lo oído en la niñez.
También encontré una profesora en mi ciudad, de 18 años.

 Gracias a la vida, mi mayor "defecto" acerca la armonía: un suave y lento (lerdo) desplazamiento entre los tumultos y las disonancias













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