Ha quedado viva, salvándose del formateo de la educación, de la socialización.
Incivilizada, nos hace las mil y una hasta que podamos comprenderla como nuestra forma de
ser, lo que nos hace reconocibles. Pero vivirla como defectos la mata de frío, y se esconde
y se avergüenza.
Sólo puedo referirme a la expresión, lo que busca crear otras formas para comunicarse, esas
líneas que nos salen por los dedos, trazan nuestros movimientos, sonidos y palabras,
buscan proyectarnos, pero no siempre “salen bien”.
Son las que dan comienzo a una historia que niega la expresión que no encaja,
que no se corresponde con lo establecido.
Sin embargo, con ella quedarán relegados trazos auténticos de nuestra expresión, los sin par,
que nos identifican e impiden que seamos una pila de huesos.
Si no hacemos algo para dejar esas huellas, perdemos la oportunidad única de disfrutarnos,
de volver a sentir algo parecido a las sensaciones del juego en la niñez.
Estoy pensando un quehacer, un ensayo conjunto y breve, para poner en juego
lo incorregible de nuestra escritura, nuestros intentos de decir cuando quiero escribir.
Qué hacer con lo que me impide disfrutar de lo que escribo si nunca dejé de sentirlo
como falta. Enfrentados a los dibujos y pinturas de Joan Miró, encontramos mucho de
lo sancionado por criterios de corrección haciéndose obra de arte; tienen tanto de incorrectos
como de auténticos.
Incorregibles será una convocatoria a inventar a partir del error, de transformarlo en el punto de partida de nuestra obra personal, de un juego compartido con otros sin dejar de ser diferente. Sin otras pretensiones que sentir alegría por lo producido,
que divertirse construyendo la propia obra.
Falta poco, no sé cuánto,
posiblemente horas, para difundir esta propuesta y ver si es posible reunirnos a componer
una obra individual y colectiva a la vez. Es una idea que hace mucho tiempo vengo imaginando, no es la primera vez que me viene y vincula con las dudas del otro, pero sí la primera
en ser pensada como construcción de un proyecto.
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