Cuando aparece la claridad del amanecer todo se abre a la luz como las flores, los gajos y los partos. Del amanecer llega una luminosidad abrazadora expandiéndose, que sube hasta el límite del latido, del compás del aire en los pulmones, y continúa descendiendo hasta enfriarse y oscurecerse; y vuelve, generando el ritmo de la vida, el movimiento amoroso de la expansión y la contracción, del punto y la onda haciéndose sonido, de la voz pausada en los silencios.
Hasta que no sentir esta claridad, he andado un escenario intermitente, abriendo focos aquí y allá, y ninguno bastaba, sólo iluminaba-aunque fuera con una luz impresionante- una parte. Y llegaron ellos dos, reparadores de circuitos, mis amigos ella y él, se comunicaron con lo que estoy siendo y todavía no, con mi ella y él. Los componedores, un hombre y una mujer que se aman, que viven amorosamente todo: lo que tienen y lo que les falta. Son imbatibles, su alegría lo expresa, viven los errores y los logros con intensidad y cierto desapego, son dadores de vida.
Creo que llegaron a tiempo, supieron decirme amorosamente lo que sabía y no.
Y aquí - hoy, dejando de hacer lo que debía, abriendo un espacio para estar sola, disfrutando de reparar energías, de hacer lo indispensable y dejar que se disipen los pensamientos, que se cansen los agotadores, que resuciten los dadores.
En modo avión. Planeando, sólo el viento de la vida me llevará, y tendré que ser valiente, más valiente que nunca, para no esconderme de mí misma.
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