miércoles, 28 de enero de 2015

Nidos de colibrí


 Cada vez que una médica o un médico hablan del cuidado de esos tejidos internos, tan internos como fundamentales, pienso en la ternura.
 En la estructura ósea o muscular esas "telitas", velos muy delicados, membranas que unen, cubren, envuelven, sostienen las zonas vitales. No hablamos nunca de ellas, ignoramos su poder.

 Así también anda la ternura entre las relaciones. La ternura es amalgama, cuando no está yo quedo como en suspensión, esperando la grieta por la que aparezca o viendo como se secan los vínculos. Desde hace un tiempo voy depositando un valor muy caro para mí en otras manos, en los próximos, y espero  a ver si pueden sostenerlo con ternura. A veces, en una jugada fuerte dejo cuestiones entrañables en esas manos; busco a cambio ver claro, desengañarme, descuidar apariencias y ver si se pueden sostener. También lo provisorio de todo esto.
 Nuestras zonas tiernas, vulnerables, nos exponen recíprocamente. Exponen nuestro aprecio, hacia dónde se dirige, de qué se alimenta, cuándo y de qué se espanta. La ternura descubre la belleza escondida en las irregularidades, en los descuidos, las faltas, los desconciertos.

  La enorme capacidad poco reconocida  de la ternura.

Y me quedo con la plasticidad de los que transcurren dando y generando incansablemente, silenciosamente. Como el tejido tierno y vital, su obra casi no se ve, se hace y deshace imperceptible y generosamente. Me detengo atraída por esa belleza invisible y poderosa. Cuando se dañan, duele saber cuánto de lo irreparable se pierde. Son armonizadores de la sociedad, son los que saben tomar entre sus manos los nidos de colibrí. 



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