Hoy estuve organizando algunos archivos informales, sucedió después de haber borrado por descuido una carpeta atiborrada de recortes.
Entonces decidí despejar acumulamientos.
Y aparecieron mis viejos amigos inseparables, Cocó, Naná y Silvio, entre otros. Al releerlos y escucharlos noté los cambios, cambios de mis maneras de ver y de entender, cambios que responden a los del mundo de ideas y de hechos donde vivo.
Pude leerlos históricamente, anunciando entre incipientes frases de rebeldía o contradictorias afirmaciones, o líricos vuelos de resistencias heroicas. Anunciando otras lógicas, que siguen conviviendo con aquellas pero transformándose hoy en nuevos estilos de vida posible.
Preámbulos de la paz o de las paces, apenas logradas, siempre esperadas, y pareciera hoy que más veces conseguidas.
Algunas frases de Cocó son anacrónicas, otras permanecerán para siempre, y unas pocas son simpáticamente chic. Comprenden tres condiciones humanas indispensables del buen sentir, la liviana presencia de lo efímero, las marcas y señales temporales, y lo inmanente que comunica misteriosamente a seres lejanos en el espacio y en el tiempo.
A los contemporáneos de Juan Gelman
“¿Quiénes son mis contemporáneos?- se pregunta Juan Gelman. Juan dice que a veces se cruza con hombres que huelen a miedo, en Buenos Aires, París o donde sea, y siente que esos hombres no son sus contemporáneos.
Pero hay un chino que hace miles de años escribió un poema acerca de un pastor de cabras que está lejísimo de la mujer amada y sin embargo puede escuchar, en medio de la noche, en medio de la nieve, el rumor del peine en su pelo; y leyendo ese remoto poema, Juan comprueba que sí, que ellos sí; que ese poeta, ese pastor y esa mujer son sus contemporáneos.
Eduardo Galeano. El libro de los abrazos
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