¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria
para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que desde hace
tanto tiempo venimos enseñando?
José Saramago
...Y si dejáramos que los niños nos contaran las historias
...?
Las del pasto que crece silenciosamente, o cómo lo escuchan crecer de noche... mientras nadie lo ve. Y que sólo los niños, a veces
desvelados por un fantasma que se recorta en la ventana, con su bulliciosa imaginación tratando de configurar
la información del día.
Hay niños que pueden seguir viviendo ese mundo pavoroso de la
infancia. Muchos, por estar desprovistos de las cosas que se fabrican para
acallar su energía creativa, y encausarla.
Sí, encausarla, meterla en causas de adultos. Molesta la
energía de los niños, la niñez propia se nos ha desdibujado. Olvidamos la maravillosa
conexión con el mundo natural que alguna vez tuvimos, y sólo nos han quedado
las historias humanas.
Autorreferenciales, estamos recreándonos sobre paisajes
pintados, sin ver las increíbles y cotidianas transformaciones de las plantas,
animales y lugares de nuestro alrededor. Las buscamos en pantallas, las obtenemos y archivamos, a veces compartimos o nos comparten, como si eso
fuera todo.
¿Cuántas veces dejamos que nos acompañe la respiración de la
naturaleza?
Sus crujidos, suspiros, chillidos, aleteos, bandadas al vuelo ...
Goteos, vibraciones, musgosidades, rugosidades, suspenden a veces nuestros pensares y decires, nos distraen para llamarnos a ver el mundo que estamos
ignorando.
Ayer miraba a un hombre caminando con sus nietos por la orilla
del río, me saludó pero no lo reconocí. Más adelante me encuentro con su esposa
y me di cuenta que era aquel hombre del bar, el diario y los negocios, el que
tenía una mirada rapaz, siempre sobrevolando oportunidades; hasta que un día se
descubrió que esa voracidad lo había
enceguecido tanto, como para olvidar la humanidad del otro. ¿Cómo
reconocerlo? Me había mirado y saludado mientras acomodaba una lata mal tirada
y oxidada para que no lastimara al prójimo, al próximo, al que lo acercaban
sus tres nietos saltando alrededor.
Y la vida, que a
veces da otras oportunidades de ser y hacerla mejor vida.
Desde hace un tiempo, tenemos nuevos vecins, nuevos
próxims. Tres o cuatro niñs van y vienen por la vereda, los días y las
semanas, por este lugar y por otros, cuando pasa un tiempo sin verls. Sus
familias “están de paso” vaya a saber por cuántas realidades, van y vienen de
un trabajo a otro, changas. Ls han sacado de espacios propios, ls han
desterrado. Ls niñs buscan hablar con nosotrs, entrar a nuestra casa, compartir
nuestras flores, mandarinas, uvas y nuestra perra Tai con su perro Briyito, su gato, y hasta una tortuga que
apareció en la calle y tuvimos que redireccionar hacia un espacio con otras tortugas. No entran a nuestra casa porque sólo pueden
hacerlo con sus madres, una manera de ayudarls a cuidarse. Son pequeñs,
vivarachs, frágiles, y miran el mundo con sabiduría, ingenuidad, y sobre todo,
alegría. Alguna vez, sentads en la vereda, nos han dicho que ells tenían una
casa, una casa suya, y que ahora ya no, que su abuela vive en tierra misionera,
y de allá probablemente venga el modito guaraní, descalzs en invierno, con
remera, sentados entre los escombros al sol, jugando con muñecos que son de
otros tiempos.
La mayor está aprendiendo a leer, y todo lo mira y hace con seriedad de niña desilusionada, pensativa, observadora.
Por prudencia, no les preguntamos sobre lo que no podemos
ayudarls. Ella sí nos pregunta, ¿por qué no podemos entrar en tu casa? Por qué
no volvemos a nuestra casa, con plantas, animales, y mucho espacio nuestro?
Si las historias las contaran ls niñs, tendríamos que
suspender el progreso.
Su tren es un tren fantasma que no sobrevive a nuestra
indiferencia, la misma que nos aparta de la viva y apasionante naturaleza.
La única vida que continúa mientras los seres humanos nos autodestruimos.