lunes, 3 de junio de 2019

Naturalezas



¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para los adultos?
¿Seríamos realmente capaces de aprender lo que desde hace tanto tiempo venimos enseñando?
                                                             José Saramago


...Y si dejáramos que los niños nos contaran las historias ...?
Las del pasto que crece silenciosamente, o cómo lo escuchan crecer de noche... mientras nadie lo ve. Y que sólo los niños, a veces desvelados por un fantasma que se recorta en la ventana, con su  bulliciosa imaginación tratando de configurar la información del día.  
Hay niños que pueden  seguir viviendo ese mundo pavoroso de la infancia. Muchos, por estar desprovistos de las cosas que se fabrican para acallar su energía creativa, y encausarla.
Sí, encausarla, meterla en causas de adultos. Molesta la energía de los niños, la niñez propia se nos ha desdibujado. Olvidamos la maravillosa conexión con el mundo natural que alguna vez tuvimos, y sólo nos han quedado las historias humanas.
Autorreferenciales, estamos recreándonos sobre paisajes pintados, sin ver las increíbles y cotidianas transformaciones de las plantas, animales y lugares de nuestro alrededor. Las buscamos en pantallas, las obtenemos y archivamos, a veces compartimos o nos comparten, como si eso fuera todo.
¿Cuántas veces dejamos que nos acompañe la respiración de la naturaleza? 
Sus crujidos, suspiros, chillidos, aleteos, bandadas al vuelo ... 
Goteos, vibraciones, musgosidades, rugosidades, suspenden a veces nuestros pensares y decires, nos distraen para llamarnos a ver el mundo que estamos ignorando.

Ayer miraba a un hombre caminando con sus nietos por la orilla del río, me saludó pero no lo reconocí. Más adelante me encuentro con su esposa y me di cuenta que era aquel hombre del bar, el diario y los negocios, el que tenía una mirada rapaz, siempre sobrevolando oportunidades; hasta que un día se descubrió que esa voracidad lo había  enceguecido tanto, como para olvidar la humanidad del otro. ¿Cómo reconocerlo? Me había mirado y saludado mientras acomodaba una lata mal tirada y oxidada para que no lastimara al prójimo, al próximo, al que lo acercaban sus tres nietos saltando alrededor.
 Y la vida, que a veces da otras oportunidades de ser y hacerla mejor vida.

Desde hace un tiempo, tenemos nuevos vecins, nuevos próxims. Tres o cuatro niñs van y vienen por la vereda, los días y las semanas, por este lugar y por otros, cuando pasa un tiempo sin verls. Sus familias “están de paso” vaya a saber por cuántas realidades, van y vienen de un trabajo a otro, changas. Ls han sacado de espacios propios, ls han desterrado. Ls niñs buscan hablar con nosotrs, entrar a nuestra casa, compartir nuestras flores, mandarinas, uvas y nuestra perra Tai con su perro Briyito, su gato, y hasta una tortuga que apareció en la calle y tuvimos que redireccionar hacia un espacio con otras tortugas. No entran a nuestra casa porque sólo pueden hacerlo con sus madres, una manera de ayudarls a cuidarse. Son pequeñs, vivarachs, frágiles, y miran el mundo con sabiduría, ingenuidad, y sobre todo, alegría. Alguna vez, sentads en la vereda, nos han dicho que ells tenían una casa, una casa suya, y que ahora ya no, que su abuela vive en tierra misionera, y de allá probablemente venga el modito guaraní, descalzs en invierno, con remera, sentados entre los escombros al sol, jugando con muñecos que son de otros tiempos.
 La mayor está aprendiendo a leer, y todo lo mira y hace con seriedad de niña desilusionada, pensativa, observadora.
Por prudencia, no les preguntamos sobre lo que no podemos ayudarls. Ella sí nos pregunta, ¿por qué no podemos entrar en tu casa? Por qué no volvemos a nuestra casa, con plantas, animales, y mucho espacio nuestro?
Si las historias las contaran ls niñs, tendríamos que suspender el progreso.
Su tren es un tren fantasma que no sobrevive a nuestra indiferencia, la misma que nos aparta de la viva y apasionante naturaleza. La única vida que continúa mientras los seres humanos nos autodestruimos.




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