lunes, 17 de diciembre de 2018

Imperios



[...] Aquello inquietó al emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y las ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola...


Así termina una de las versiones del cuento de Andersen escrito hace ya dos siglos, entre revoluciones que maduraban, se iniciaban o concluían...

Algunos dicen que fue un esclavo y no un niño, de todas formas pertenecía al pueblo, pero no representaba la voz del pueblo, o sí?


Inevitable contexto inevitable.



He podido cerrar suavemente la cajita de música que reparó mis tejidos emocionales más dañados. Pude distenderlos y extenderlos al sol, al viento, y devolverle a mis músculos la confianza y los límites entre un espacio contenido y expandido de cuerpos danzantes. Ahora disfruto de irme alejando de lo que ya no me identifica, para acercarme a otras formas y sentidos posibles y también danzantes. Despedirme de lo que no aporta, sin recelos, con una sinceridad que ya no desespera, y agradeciendo esto mismo, haber podido abandonar el pozo que había cavado para zambullirme en el río de la vida, confiando que la vida tiene una manera asombrosa de cuidarnos. Confiar en mí dentro de un espacio liberado, sin traicionarme, haciendo del movimiento mi mejor expresión de identidad, despreocupándome que fuera disonante, que no respondiera a propuestas maquilladas de consignas (alegrándome de sentir intacta mi capacidad de sacar la cabeza fuera del agua)



 Concluye un ciclo suspendiendo sus mejores recursos tras un progreso necesario quizás, pero que nos aleja del crecimiento.

Conozco otros lugares, seguiré reuniendo lo que me falta para distribuir y generar un espacio de expresión propia para los niños, un lugar para que reconozcan la belleza incalificable de su propia voz, su propio movimiento. Sin dineros que ilusionen con adquirirlo. Costura invisible.  



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