viernes, 4 de diciembre de 2020

 


Un no lugar es por donde ando serpenteado.

Cada presente ya fue, no quiere seguir siendo. Resistencia no es, quizás sea lo contrario. De resistir sé demasiado como para confundirme. 

Vaya a saber qué es lo que viene siendo...

Me harta un cansancio de ver y ver la peli de lo que estamos haciendo como si quisiera adaptarme, y sé que no. Pero me entretengo, atisbando que algo surja de la rotativa como un defecto, una falla en la monotonía y una señal para la creación, para la conmoción. A veces creo verla, y tengo que seguir creyendo para mantener un estado de encuentro con la vida auténtica. Suelto las rutinas de lo que debo y me quedo con las plantas y los bichos, y el viento y las nubosidades, y el sol espléndido, o el frío después de un intenso sopor mesopotámico, o las tormentas que frenaron una sequía y van y vienen como abriéndose paso. 

 Reinicié la quinta del abuelo, suspendida en un eterno interrogante de proyectos inválidos que nunca pude compartir más que como fiel compañera. Es un tiempo para esto, sostenido por la onda verde, y dar una mano a necesidades de los que quedaron en las banquinas, aunque como en la fábula del zorro y el quirquincho todo lo haga con la desconfianza necesaria para no abandonarlo: vivo en un feudo empresarial gloabalizado. Mi naturaleza es quirquincha, y he aprendido de las zorrerías que despierta mi quirquinchez. Valoro al zorro, sobre todo por sus desmañadas maneras de componerse y descomponerse, de eso algo aprendí (previa evaporación de la humareda de orgullo que signó mi educación) 

  Ya estoy cansada de "jugar a las casitas" con las modas. Resulta que ahora se usa valorar las flores silvestres y las gramíneas, y está siendo la oportunidad de compartir lo que siempre me han combatido: esa forma detenerme en la belleza de lo simple, de encontrar olores y expresiones mínimas de lo espléndido, lo excepcional. Ver lo extraordinario en lo ordinario me hace sentir libre. Lo aprendí con mi padre, se detenía ante lo minúsculo y lo saludaba, no pasaba de largo. Por eso, no me deslumbran las grandes catedrales ni exhibiciones lujosas. Veo vulgaridad hasta en lo más estilizado. No logramos superar la increíble creación original del mundo natural. 

Sí me divierte la hechura humana no pretenciosa, la que sale cantando y se expresa con intensidad, desprolijamente. Me apasiona esa vida descalza y adornada de colores y expresiones alegres, que puede reírse de sí misma y rechaza la burla y la impostura. 

Estas son cosas serias de la vida, todo lo demás es humo y espanto, pompa y circunstancia,  "...es verdad/ pues reprimamos esa fiera confusión,/ esa furia, esa ambición,/ por si alguna vez soñamos/ Y así haremos,/ pues estamos en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar/ y la experiencia me enseña/ que el hombre que vive sueña lo que es/ hasta despertar..."

 Me hice cargo de conservar y transmitir esta herencia; lo he disfrutado siempre en la intimidad, ahora juego a hacerlo en lo público. Pero ahí no pueden suceder cosas tan hermosas como cuando en un viaje a visitar a los hermanos con mi hijo niño, gastamos el dinero que llevaba para comprar un celular en un telescopio que se nos cruzó maravillosamente, y volvimos felices. Todavía hoy, cuando nos reunimos, el telescopio nos acompaña. Yo no tenía celular y me quedé con uno viejo de otra persona. 




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