Míralos, como reptiles,
al acecho de la presa,
negociando en cada mesa
maquillajes de ocasión;
siguen todos los raíles
que conduzcan a la cumbre,
locos por que nos deslumbre
su parásita ambición.
Antes iban de profetas
y ahora el éxito es su meta;
mercaderes, traficantes,
mas que nausea dan tristeza,
no rozaron ni un instante
la belleza...
Después de una ceremonia de la Pacha en agosto del año pasado, de una manera inenarrable, que sólo puede relacionarse con la presencia de un padre que venía a agradecerle lo que había logrado con su hijo y me tomó la mano en la ronda del ceremonial, todo empezó a cambiar aceleradamente en mis rutinas. Dejé de hacer e inicié, cambios impensados. Sólo me daba cuenta a través de lo que sucedía con la ropa, me ponía encima lo que fuera, podía ser siempre lo mismo o lo que se me cruzara (vestirme es para mí el placer de elegir en lo poco o más o menos, aquello que me hace bien por su color o su textura desde que comienza el día) También en las comidas, podía estar sin comer si me concentraba en lo que me gustaba, sin rutinas, y recuperaba el apetito cuando pasaba la concentración. Esto último sólo me había ocurrido en momentos graves de la vida. Dejé que todo lo raro sucediera sin asustarme, y meses después, entendí lo que significa cambiar la piel de las cosas...
Hay belleza en dejarse llevar por hilos invisibles que atraviesan ambiciones y poses, orgullos, miedos, ridículos, entregar y renunciar a logros para alejarse de lo prometedor, de lo mentido, para disfrutar de lo nuevo.
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