lunes, 2 de mayo de 2016

Familias


Todas tienen sus particularidades, la nuestra entraría en varias clasificaciones y calificaciones.

Pero algo de lo heredado sigue estando y creo que es lo mejor que tenemos: sentido de humor.

Desactivadas las tendencias de la burla, muy presentes en algunos tiempos, nos ha quedado la gran

posibilidad de reírnos de nosotros mismos, y de sí mismo. Esto último, sólo en algunos.

Divididos, separados, divorciados, inauguramos una nueva era que rompió tradiciones familiares

cargadas de disimulos, odios sostenidos, resentimientos, proto-arque-estereo>tipos...

Historias trágicas con rupturas en la familia modelo, cuyas causas no se han conocido todavía, y

otras reconocidas, vapuleadas, sostenidas durante un siglo como una cruz.

Aquellos tiempos cargados de velos y violencia contenida, se vinieron abajo y algunos zafamos de

vivir una vida entre escombros.

Otro de los que no zafaron es el padre, sigue aferrado a los escombros como si alguna vez los bienes

hubieran figurado en las páginas felices de su vida; nunca significaron otra cosa que pleitos y

mezquindades, pero se siente identificado con estos territorios.

Los hijos están construyendo sus propias posesiones, no se las deben a nadie, y teniendo lo heredado

en sus manos, lo conceden-por ahora creo- al adulto que ya debiera haberse independizado.

Yo soy la que fue la esposa, soy la madre. De "todopoderosa", fui desplazándome a copartícipe.



Lo cierto es que en estos días y a raíz de una operación sencilla del padre, se organiza el grupo

operativo de los hijos. Y es entonces cuando puedo ver, desde el otro lugar que me permite estar

desligada de obligaciones, cómo nos educan las nuevas generaciones.

El sentido de orden tradicional se ha alterado, y nos devuelve nuevos modelos para armar. En este

caso no se trata de modelos, los protagonistas estamos lejos de serlo por diferentes y hasta opuestas

razones.

 Y el humor pone su cuota. No tomarnos en serio las apariencias, y responder a otras lógicas

despojadas pero claras, hace que el afecto y el amor de los hijos se exprese tan rotundamente como

sus individualidades y personas. Yo te quiero pero.

Pero sos dueño de tu vida.

Cómo sortean estos hijos la internación de un padre que ha decidido mantener un perfil casi de

indigencia, un Diógenes sin su filosofía, es una de las expresiones amorosas más plenas que he

vivido.

Sin prejuicios perturbadores ni tensiones sostenidas, saben hacer lo que pueden, con lo que tienen y

en los momentos necesarios. A los contratiempos y conflictos estables, los cargan de humor.

No  son perfectos, son distintos. Te dicen te quiero con los gestos oportunos, y también dicen te dejo,

debo seguir con mi vida que no es la tuya.

Esto sucede hoy, vaya a saber mañana...

Estar alejada, sin dejar de aportar lo que humanamente siempre aportaré, permite que pueda ver

cuánto afecto puede expresarse fuera de las costumbres heredadas. Afecto sincero, que 

sólo puede entenderse rompiendo moldes que oprimen y simulan.











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