"Desde el alma" era un balsecito criollo que mi abuela bailaba con unos giritos empinados.
Mi alma crece conviviendo con una vida que se sabe acompañada de acciones desalmadas. Como facetas del ánima, del principio vital.
Uno sabe esto desde antes del nacer, desde la célula. La composición viene de la descomposición y va hacia ella otra vez, así crecen y nunca se separan. Para no verlo así de crudo y salvaje, intentamos unos versos sin verbo: las ilusiones, malabares que separan de la visión lúcida y entretienen las energías en un juego perverso e infeliz.
Sé que contenemos la bondad y la maldad, que la apariencia de una implica la presencia silenciosa de la otra. Pero también sé que estamos siendo en relación, y que mi lado feroz también es fuente de energía, agazapado esperando hacerse fogosa figura danzante o ciega fiera hambrienta y cazadora.
Somos terribles y amables, estúpidos y certeros, brillo y opacidad. Somos el fulgor vacilante de la estrella.
Mi expresión más ingenua está cargada de veracidad, y mi perspicacia de decadencia.
Sólo puedo ser quien soy en esa coexistencia honesta con la que cada uno alimenta la luz del otro viendo su oscuridad. Ser un somos en el amoroso cuidado del fuego del otro. Y cuando digo fuego no me refiero a la llama que mantiene, sino a la que arde sin devorar, la que sabe que reducirse es morir y morir no es un juego, es el fin del juego. La llama que se expresa en mil formas diferentes para seguir ardiendo hasta que se entrega cansada de vivir, y muere.
Estaré tan viva cuanto pueda compartir esa condición. Mi vida entretenida terminó, he andado mucho tiempo y espacio vagabundeando para darme cuenta de esto.
Sin idolatrías, lo amoroso empezó a crecer observando faltas y actos fallidos, las grietas expresadas, lo indisimulado y lo incontenido. Lo que se con-mueve es cosa seria.
Es honesto desilusionar.

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