domingo, 3 de junio de 2018

Domingo 3


Había salido muy temprano, la madrugada estaba tormentosa. Dormí la mitad del viaje, no reconocía el paisaje que pasaba por la ventanilla. 
Llegué muy temprano todavía, tomé un café con medias lunas en la terminal, olvidándome de la indigestión del día anterior; me cayó bien en ese lugar poblado de gente, con una tormenta que se desataba furiosamente, me sentía recuperada de vaya a saber qué.
Cayó un rayo feroz que dejó sin luz al barrio donde intenté llamar, llamar y llamar, hasta que usé el teléfono sin anteojos y me respondió otra voz desde otro lugar lejano...era la persona por la que nos habíamos conocido este grupo de amigos hace varios años ya ... "equivocado, disculpame"
Equivocado...todo me había caído bien esa madrugada, hasta el rayo (no me asustan, pareciera que recargan mi energía) Así siguió siendo todo el día. De mi indigestión no quedó rastro, tuve que recordarla por las dudas...

Han pasado tres meses, afuera hace mucho frío. Los pájaros no dan tregua, con las primeras luces de la mañana trinan a borbotones por todos lados. Bandadas de teros van y vienen imprimiendo a los gritos un nuevo paisaje de otro día, y unas palomas arrullan, refugiadas en las ramas del sauce que caen sobre mi techo. 
A esta hora los pájaros dominan los ruidos, abren paso a la luz, abandonados por la quietud misteriosa de la noche.

Esta semana fue lindo verlo en ese grupo relajado y cotidiano del barrio. Lo llevé puesto como siempre, mis clases salieron por los poros. Tatuajes del alma con los que ya puedo convivir, dejando que sean y hagan formas de vincularme con el mundo de los otros, por el que sigo andando sin parar...


Mirta me dijo que veía mis tatuajes desde la quebrada, se ven de lejos...
serán como cicatrices... Mirta que ve através, la conocí cuando llegaba cargada con la corriente del rayo, es toda tierra... y conversamos como si retomáramos una charla de siglos.











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