Conectados sin relación.
En qué mundo hemos quedado atascados. En una enorme autopista donde nadie puede bajarse de sí mismo para llegar al otro, que no está demasiado lejos pero sí. Porque lo mira desde la ventanilla, por los espejos, y trata con su imagen capturada, fija o en movimiento, o con la imagen de su voz contestando, no respondiendo, desde otro lugar próximo y lejano a la vez.
Y cada uno con la madeja que teje solitariamente, sin ver las intenciones cambiantes de sus ojos, o los tonos y matices de su voz, las ondas y ángulos de sus movimientos, ni el calor o el temblor, o las huellas de sus lágrimas. Sin sentir la vida cambiante del otro.
Los encuentros pueden ser un enorme barullo, o desencuentros directamente. Encontrarse con el otro, después de haber tratado sólo con su imagen editada, producida, desconcierta.
Sin embargo, siempre están la opciones. Y uno puede tejer el mundo, probando otros puntos, cuando el punto garbanzo se apelmazó.
Estoy viviendo ese otro mundo de relaciones con menos conexión y más apretón de manos. Me gusta ese mundo que no se fotografía sonriéndole, ni deja registro interesado. Donde las fotos son el marco, sólo el marco.
Muchos fotografían alrededor lo que nos pasa, y hasta tendremos que editar estos momentos, pero ahí sólo quedará la obra que imaginamos construida. O los escenarios compartidos. O el gesto, como en las fotos que sacaban los fotógrafos de mi infancia cuando llegaban a los cumpleaños y nos acomodaban durante cuarto de hora, peinados, emprolijados, o asomados transpirando, con dientes desportillados, y finalmente el flash de una toma donde lo que se movió es lo que más se recuerda.
En eso andaremos, pero el mientras tanto es mi mejor vida.
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