viernes, 8 de julio de 2016



Cada vez que entro a mis archivos laborales, quedo enganchada de algún recuerdo o alguna historia. La avalancha de actividades que desplegué en los últimos diez años: sí elegí hacerlas, por conciente o inconsciente, las incorporé, les puse el cuerpo, intentando sostener las acciones forzadas y dolorosas con otras divertidas y placenteras. No hubo cálculo donde debiera, y quedaron sueltas muchas hebras de mis legajos, que vengo anudando y zurciendo en los dos últimos años,después de superar el susto que me provocó darme cuenta de lo perdido.
Cada vez que armo una secuencia y consigo un turno en la ciudad meca del papelerío provincial, recupero un pedacito de compostura. Y no es poca cosa en tiempos de cierre, de irme despidiendo de los pasillos por los que he circulado durante casi cuarenta años. Escucho y miro todo sabiendo que me voy. Quizás falte hasta un año, los procesos son lentos y lo prefiero a cambio de cerrar con justicia un ciclo cuyas retribuciones me dejarán vivir la otra vida que quiero.

Y ahí viene la gran complicación. ¿Qué vida quiero? claro que lo sé, vida movida, menos quieta que nunca. Pero no movida sólo por obligaciones, diría que casi sin obligaciones, de puro gusto no más ¿Y dónde?  se pone más complicado, porque cada vez me aburro más donde vivo. Lo que parece divertido a otros, a mi me aburrrre soberanamente; visitas, asistencias, salidas entre gente que se desentiende, que tiene pánico a las emociones, que sólo quiere acomodarse, o bien mis fracasos más rotundos, salidas propuestas en las que me siento imaginada, cortejada y no sé cómo mostrar los dientes para que sean más auténticas, no hay lugar para los peros, como si todo estuviera bien siempre porque así es como tenemos que vivir, mientras la sensación  de estar alimentado voluntades ajenas me aleja una y otra vez. Salir de coqueterías, entrar a las amorosidades sinceras, desprolijas, imperfectas; siempre me ha conmovido y enamorado lo vulnerable, lo menos lindo, lo más auténtico, los errores y metidas de pata. Y resulta que todo tiene que ser perfecto, o bien caduco, peor todavía. Como si estuviéramos condenados. 
Ah no, no voy a seguir ese camino, cada vez creo más posible aquello que comentaba risueñamente hace un tiempo: llevar una vida nómade, no la de los encuentros de escritores, esa ya es un hecho celebrado y esperado. Viviré un año en cada lugar del país que me guste, alquilando un lugar tan simple como mi bolsillo, seguiré conociendo lo que me lleva y trae, no me estancaré.

Mientras tanto, voy despidiendo mis años de profesora con una experiencia de seis meses de riesgo y acción, impredecible, complicada y relacionada con los sueños y la vida disfrutada. Vaya a saber cómo saldré de esta, pero quién me quita lo bailado
     

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