Creo que sé cuando y en algunos momentos, apareció esa chispa que te hace vivir algo como si fuera una verdad, como si fuera posible una verdad.
Recuerdo en Cajamarca, en una pista de baile improvisada, donde tres mujeres afrocolombianas habían estado danzando una lenta, pausada y sensual manera de expresar como sienten y comunican tres generaciones de mujeres la relación con su cuerpo cuando se inicia en la pubertad el cuerpo compartido.
Sensibilizados todos después de un silencio que podía traducirse como "roce entre pétalos que caen", subimos a la pista y bailamos chacareras, gatos, sambas y candombes, y caímos rendidos y alegres, muy alegres. Ahí mismo sentí o fui conciente de disfrutar tanto como el dolor que me acompañaba. Y que eso era la vida.
No ha sido la única vez de estos casi diez años que convivo con el dolor de la muerte próxima y en vida de la mujer que me parió, tan querida y tan difícil de querer. Ese día seguía escapando de otro embate violento de su larga enfermedad, mi hermano estaba con ella y yo podía no volver a verla viva. La muerte tiraba los dados, y yo me divertía sin dejar de sentirla ahí próxima.
El libro de la vida otra vez, traduce tan bien...
El dolor es... pesar, incertidumbre, sentimiento de completa soledad. Está el dolor ante la muerte, el dolor de no ser capaces de realizarnos en lo personal, el dolor de no ser reconocidos, el dolor de amar y no ser amados a cambio.
Hay innumerables formas de dolor, y me parece que, sin comprender el dolor, no hay fin posible para el conflicto, la desdicha, el tormento cotidiano de corrupción y deterioro [...].
Existe el dolor consciente, y también existe el dolor inconsciente, dolor que parece no tener base ni causa
inmediata. Casi todos conocemos el dolor consciente, y también conocemos el modo de abordarlo: o bien lo evadimos mediante la creencia religiosa, o lo racionalizamos, o tomamos alguna clase de droga -intelectual o física-, o nos absorbemos en las palabras, en las divisiones, en el entretenimiento superficial. Hacemos todo esto y, sin embargo, no podemos desprendernos del dolor consciente.
Luego está el dolor inconsciente que hemos heredado a través de los siglos. El hombre siempre ha procurado
vencer esta cosa extraordinaria llamada dolor, pesadumbre, desdicha; pero aun cuando seamos superficialmente felices y tengamos todo cuanto queremos, muy en el fondo del inconsciente siguen estando las raíces del dolor. Por lo tanto, cuando nos referimos a la terminación del dolor, queremos decir la terminación de todo el dolor, tanto del consciente como del inconsciente.
Para terminar con el dolor, uno debe tener una mente muy clara, muy sencilla. La sencillez no es una mera idea.
Ser sencillo, simple, exige muchísima inteligencia y sensibilidad.
Hay innumerables formas de dolor, y me parece que, sin comprender el dolor, no hay fin posible para el conflicto, la desdicha, el tormento cotidiano de corrupción y deterioro [...].
Existe el dolor consciente, y también existe el dolor inconsciente, dolor que parece no tener base ni causa
inmediata. Casi todos conocemos el dolor consciente, y también conocemos el modo de abordarlo: o bien lo evadimos mediante la creencia religiosa, o lo racionalizamos, o tomamos alguna clase de droga -intelectual o física-, o nos absorbemos en las palabras, en las divisiones, en el entretenimiento superficial. Hacemos todo esto y, sin embargo, no podemos desprendernos del dolor consciente.
Luego está el dolor inconsciente que hemos heredado a través de los siglos. El hombre siempre ha procurado
vencer esta cosa extraordinaria llamada dolor, pesadumbre, desdicha; pero aun cuando seamos superficialmente felices y tengamos todo cuanto queremos, muy en el fondo del inconsciente siguen estando las raíces del dolor. Por lo tanto, cuando nos referimos a la terminación del dolor, queremos decir la terminación de todo el dolor, tanto del consciente como del inconsciente.
Para terminar con el dolor, uno debe tener una mente muy clara, muy sencilla. La sencillez no es una mera idea.
Ser sencillo, simple, exige muchísima inteligencia y sensibilidad.
Lograr esa sencillez y simplicidad debe ser lo más difícil para nuestra torpe humanidad, saber el destino de nuestra inteligencia y sensibilidad alcanza para intentarlo por lo menos.
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