viernes, 19 de diciembre de 2014

De perros y liebres y viceversas




Léalo otra vez profe, y otra, un silencio único cada vez…


…………

Los perros no eran malos, pero habían jurado alcanzar la liebre sólo para matarla.

(No podían dejar de ser perros frente a una liebre, y la liebre… tampoco dejar de sentirse liebre entre perros, pienso)

La liebre penetró en un bosque, donde las hojas crujían estrepitosamente; cruzó una pradera, donde el pasto se doblaba con suavidad; cruzó un jardín, donde había cuatro estatuas de las estaciones, y un patio cubierto de flores, donde algunas personas, alrededor de una mesa, tomaban café. Las señoras dejaron las tazas, para ver la carrera desenfrenada que a su paso arrasaba con el mantel, con las naranjas, con los racimos de uvas, con las ciruelas, con las botellas de vino. El primer puesto lo ocupaba la liebre, ligera como una flecha; el segundo, el perro pila; el tercero, el danés negro; el cuarto, el atigrado grande; el quinto, el perro ovejero; el último, el lebrel. Cinco veces la jauría, corriendo detrás de la liebre, cruzó el patio y pisó las flores. En la segunda vuelta, la liebre ocupaba el segundo puesto, y el lebrel siempre el último. En la tercera vuelta, la liebre ocupaba el tercer puesto. La carrera siguió a través del patio; lo cruzó dos veces más, hasta que la liebre ocupó el último puesto. Los perros corrían con la lengua afuera y con los ojos entrecerrados. En ese momento empezaron a describir círculos, que se agrandaban o se achicaban a medida que aceleraban o disminuían la marcha. El danés negro tuvo tiempo de levantar un alfajor o algo parecido, que conservó en su boca hasta el final de la carrera.
La liebre les gritaba:
–No corran tanto, no corran así. Estamos paseando.
Pero ninguno la oía, porque su voz era como la voz del viento.

(Las liebres no tienen voz para los perros, sólo que a la autora se le ocurre para orientarnos a nosotros)

Los perros corrieron tanto, que al fin cayeron exánimes, a punto de morir, con las lenguas afuera, como largos trapos rojos. La liebre, con su dulzura relampagueante, se acercó a ellos, llevando en el hocico trébol húmedo que puso sobre la frente de cada uno de los perros. Éstos volvieron en sí.
–¿Quién nos puso agua fría en la frente? -preguntó el perro más grande-, y ¿por qué no nos dio de beber?
–¿Quién nos acarició con los bigotes? –dijo el perro más pequeño–. Creí que eran las moscas.
–¿Quién nos lamió la oreja? –interrogó el perro más flaco, temblando.
–¿Quién nos salvó la vida? –exclamó la liebre, mirando a todos lados.
–Hay algo distinto –dijo el perro atigrado, mordiéndose minuciosamente una pata.
–Parece que fuéramos más numerosos.
–Será porque tenemos olor a liebre –dijo el perro pila rascándose la oreja–. No es la primera vez.
La liebre estaba sentada entre sus enemigos. Había asumido una postura de perro. En algún momento, ella misma dudó de si era perro o liebre.
–¿Quién será ese que nos mira? –preguntó el danés negro, moviendo una sola oreja.
–Ninguno de nosotros –dijo el perro pila, bostezando.
–Sea quien fuere, estoy demasiado cansado para mirarlo –suspiró el danés atigrado.
De pronto se oyeron voces que llamaban:
–Dragón, Sombra, Ayax, Lurón, Señor, Ayax.

Los perros salieron corriendo y la liebre quedó un momento inmóvil, sola, en el medio del campo.



Ante los perros, el olfato de las liebres las hace más liebres que nunca. Las liebres saben cual es la consigna del juego que los y las convoca, y tienen que saber más que los perros por supervivencia. 

Así termina este año, quizás una década, en la que alguna vez leía -leíamos- este cuento. 

Despidiendo amablemente a los perros, estas fiestas brindaremos entre liebres, descansando para una próxima carrera (con menos perros y ... menos liebres !!)





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