domingo, 2 de noviembre de 2014

Ongamira

 En estos días y desde hace un tiempo, vengo reviviendo las sensaciones sin entender demasiado pero con aquella manera de ver: en la noche plenamente oscura la luz viene de adentro.
 Mientras había subido la montaña, lo superfluo y hasta lo necesario fueron quedando en el camino; ya en la cima y abrazada por el horizonte quedaba con lo sustancial, ahí supe qué alimenta mis reservas de energía y quiénes estaban en lo profundo de mi corazón.

 Fue en Ongamira.
 A mediados de enero, bajando del cerro Colchiqui en una noche acorralada por relámpagos, sin luna ni estrellas, rodeados de bichitos de luz siete desorientados compartíamos cuatro linternas.  El guía había caído bajo sospecha por la ansiedad del agotamiento y la tensión permanente. Una ladera precipitada se tragaba las piedras que cedían a nuestras pisadas, nada veíamos, pero conservábamos las imágenes escaladas bajo el sol  por un angosto y espinoso sendero vertical, escarpado y con poco margen de error.
 Los cambios de rumbo y las dudas generaban preocupación, todavía faltaba llegar a un encrucijada que no aparecía.  Sedientos y sin ver más el aro iluminado por la linterna, sintiendo el misterio moviéndose silenciosamente a nuestro alrededor, sentíamos una indefensión nada cotidiana. Los fuertes se habían debilitado, los parlantes marchaban callados, y los más dislocados compartían el esfuerzo con los menos.
  Siempre me he rendido a las grandes manifestaciones de la naturaleza, la furia de las tormentas, las dimensiones desmesuradas del espacio y de su energías inabarcables, indómitas, me atraviesan como si perdiera los bordes. Quizás por eso, para sentir más plenamente momentos únicos, me alejé de la senda entre linternas y desde una posición rezagada, seguí caminando a oscuras. Fue una exploración de mis capacidades de ver sin ojos maravillosa, sentía una seguridad rara, veía oyendo, tanteando, olfateando y percibiendo con otros sentidos no reconocidos que la desorientación era pasajera, confiaba en lo invisible y no sentía miedo al avance de la tormenta, no me apuraba porque otra fuerza mayúscula decidía los tiempos.
 Llegamos al valle y luego a la hostería, media hora antes que se desatara la tormenta más fuerte del verano. Esa noche casi no dormí, escuchando cómo claveteaban las ventanas y atando la mía que apenas resistía la furia del viento y la lluvia.
 En las próximas excursiones entendí qué significaba ver sin ojos, cuando mis compañeros fueron una pareja de invidentes aventureros que sabían comunicarse como pocos. Esta es otra historia en Tramontana, el lugar de los encuentros.


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