Durante la tarde del primer día descubrí que caminar diez cuadras para desayunar no sería lo mejor. Fue circulando entre los puestos de frutas, verduras y producciones caseras donde decidí buscar mi desayuno, complacida por una jarra de jugo de piña exprimida desde una prensa que lo volcaba directamente al recipiente.
A la mañana siguiente, muy temprano, encontré un movimiento inesperado. Mucho antes de las siete, alumnos y padres esperaban arrimados a dos puestos ambulantes ubicados frente a otra gran iglesia de la plaza Recoleta, sede del primario y secundario San Ramón.
De diferentes edades, cargaban en sus mochilas y vasos térmicos el jarabe de habas, el de membrillos, manzanas y quinoa tibio o de avena con frutas, y compraban un quesillo abrazado entre pancitos livianos, crocantes. Servían al público en jarros choperos y servilletas de papel, se pagaba con un sol y algunos se quedaban apoyados a la reja escolástica para saborear un desayuno de pie que tenía "yapita".
Polleras tableadas del uniforme escolar superpuestas a su vestimenta, dos cholas cordiales abastecían y cobraban con las manos cubiertas por guantes o bolsitas.
Todos esos días crucé la plaza para tomar el licuado espeso de frutas y quinoa, exquisito, cargado de vitaminas, contrastante al frío temprano de la mañana . A un lado, en una sartén untada con grasa humeante, fritaban las tortillas que desaparecían en manos de automovilistas y mototaxis detenidos por el semáforo. Cumplido el turno de 6 a 11 de la mañana, las mujeres partían con su carro para regresar la día siguiente.
La plaza tiene monumentados a tres conquistadores-fundadores que miran por encima trazando planes territoriales, mientras hormiguea casi silenciosamente esta vida que permanece a pesar de los aprovechamientos y desmanes, que labra y trabaja con la tierra como conversándola.


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