lunes, 11 de agosto de 2014

El puestito de quinoa. Cajamarca



Durante la tarde del primer día descubrí que caminar diez cuadras para desayunar no sería lo mejor. Fue circulando entre los puestos de frutas, verduras y producciones caseras donde decidí buscar mi desayuno, complacida por una jarra de jugo de piña exprimida desde una prensa que lo volcaba directamente al recipiente.
 A la mañana siguiente, muy temprano, encontré un movimiento inesperado. Mucho antes de las siete, alumnos y padres esperaban arrimados a dos puestos ambulantes ubicados frente a otra gran iglesia de la plaza Recoleta, sede del primario y secundario San Ramón.
 De diferentes edades, cargaban en sus mochilas y vasos térmicos el jarabe de habas, el de membrillos, manzanas y quinoa tibio o de avena con frutas, y compraban un quesillo abrazado entre pancitos livianos, crocantes. Servían al público en jarros choperos y servilletas de papel, se pagaba con un sol y algunos se quedaban apoyados a la reja escolástica para saborear un desayuno de pie que tenía "yapita".
  Polleras tableadas del uniforme escolar superpuestas a su vestimenta, dos cholas cordiales abastecían y cobraban con las manos cubiertas por guantes o bolsitas.
  Todos esos días crucé la plaza para tomar el licuado espeso de frutas y quinoa, exquisito, cargado de vitaminas, contrastante al frío temprano de la mañana . A un lado, en una sartén untada con grasa humeante, fritaban las tortillas que desaparecían en manos de automovilistas y mototaxis detenidos por el semáforo. Cumplido el turno de 6 a 11 de la mañana, las mujeres partían con su carro para regresar la día siguiente.
  La plaza tiene monumentados a tres conquistadores-fundadores que miran por encima trazando planes territoriales, mientras hormiguea casi silenciosamente esta vida que permanece a pesar de los aprovechamientos y desmanes,  que labra y trabaja con la tierra como conversándola.





















No hay comentarios:

Publicar un comentario