Estaba por escribir sobre el ruiseñor cuando me encontré con este relato, y seguí caminando con él hasta que dijo todo lo que tenía para decirme, que duró más que la extensión del relato. Crucé calles y pagué en cajeros, miré y saludé de otra manera después y acompañada todavía por Hebe Uhart.
Es tan difícil escribir literariamente sobre los lugares sobreescritos, como casi imposible sospechar este magnífico relato bajo semejante título. Hacer literatura sobre lo aplastado por las rutinas. Sólo la inconsciencia del maravilloso relato escrito pudo haber inspirado este título sin pretensiones.
¿Quién puede verse atraído por las impresiones de una directora de escuela en la actualidad? ¿Quién sospecharía literatura en un texto con este nombre?
Es bajo el arbusto común y próximo donde el ruiseñor construye su extraordinario nido.
Impresiones
de una directora de escuela
Por
Hebe Uhart
Yo
soy una directora de un barrio apartado. Por el barrio pasa el frutero y
anuncia la mercadería con una corneta. Como es casi campo, se oye de lejos una
voz que anuncia algo que parece emocionante: una fiesta, un baile. Se va
acercando y se oye: “Papa, 4000 pesos, zapallitos, 5000 pesos”. Todo dicho con
entonación emocionada. En la escuela hicimos un festival y el frutero lo
anunció; una señora nos dio la idea, porque como decía ella, el frutero tenía
todo el equipo para anunciar. Al fondo de todo, cerca del campo, viven los
japoneses que cultivan flores. Pasan en auto por la ruta siempre en auto y por
la escuela jamás vi pasar ninguno.
Del
otro lado está el campito para ir a retozar, que tiene una laguna que nosotros
usamos para estudiar una cosa moderna, el ecosistema. El ecosistema es como se
relacionan los seres vivos entre si, como se comen unos a otros, porque son
útiles las arañas aunque parezcan inútiles, etc.
Las
maestras me dicen: -Vamos a la laguna para investigar los animalitos que hay
dentro de ella.
Yo
se que en realidad van a retozar al campito que está al lado pero van muy
contentos. Además los seres vivos que hay adentro de la laguna los conocen como
si los hubieran parido. Son ranas, lombrices, y cuando llueve más, pescaditos
chicos. Cuando vuelven, colorados por haber corrido, les pregunto:
–¿Estudiaron
el ecosistema?
–Si
–dicen entusiasmados–. Aquí trajimos la lumbrí.
–La
lombriz –dice la maestra– Cómo vas a decir la lumbrí.
Yo
he notado que cuando la maestra corrige a ninguno le gusta repetir
correctamente: hacen silencio. Y si la maestra les dice:
–A
ver, decí lombriz.
Dicen
“lombriz” con voz mortecina y triste. A mí también me gusta más “lumbrí” que
lombriz; es como más humilde, umbrío, intimo; lombriz es algo más seco.
Los
chicos de primero, segundo y tercero, dicen:
–¿Atraso
la raya, doña?
La
maestra corrige:
–¿Trazo
la línea, señorita?
La
verdad es que igual se entiende lo que quieren preguntar. La expresión “trazar
la raya”, también me parece mas adecuada para esa edad. Más tarde solos
aprenden a decir línea cuando saben lo que significa línea en sentido amplio:
como si aprendieran a no salirse de la línea, como si hubieron aprendido la
adaptación a la escuela. Antes de cierta edad, para los chicos, una línea es
una rayita. Ahora, eso de doña…
Ellos
leen el libro platero y después hacen oraciones. Un chico escribió: “platero
ole las flores”.
Ellos
siempre les tiran piedras a los perros, porque hay muchos que pueden estar
rabiosos y no quieren que se les acerquen y además como un deporte. No hay
canchas de deporte.
También
vi oraciones con palabras como “construir” y “destruir”.
Un
chico escribió: “Mi tía construyó un departamento”.
“Mi
padrino destruyó un departamento”.
La
maestra, por supuesto, le puso muy bien. Hay una maestra que los quiere mucho,
que es parecida a Blancanieves. Ella estudia arquitectura, y cuando falta, les
pregunto a los chicos:
–¿Les
dijo la señorita si faltaba hoy?
Ellos
me dicen:
–Hoy
falta porque tuvo que rendir examen.
Lo
dicen bien a examen. “Examen” para ellos es una palabra vinculada a
Blancanieves, a quien quieren mucho. Ellos calculan que van a rendir pocos
exámenes escolares en la vida, pero Blancanieves, seguramente les contó que
ella estudiaba, que en la facultad se daban exámenes y estoy seguro que muchos
de ellos desean que les vaya bien en el examen.
La
señora Betty vive enfrente de la escuela y tiene un ojo de vidrio. Su perro se
llama Topo, enraba a la Dirección, revisaba el cesto de los papeles para ver si
había restos de comida. A mí no me molestaba: si no encontraba nada, se echaba
ahí quieto y ni me daba cuenta de que estaba. La señora Betty me quería mucho,
me atendía con tanta bondad que yo, que tengo una mirada deplorablemente
obsesiva, me había olvidado completamente que tenía un ojo de vidrio. Pero Topo
se comió una vez 10 sándwiches de salame; comió los de salame, y dejó los de
queso. A lo mejor si hubiera comido los de queso la maestra lo hubiera
perdonado; pero lo echó violentamente corriéndolo hasta la puerta.
Cuando
pasó eso, yo apelé a la lógica, a mi sentido común, a mis sentimiento adultos y
dije:
–¡Qué
barbaridad!
Por
otra parte pensaba que era divertido.
La
maestra dijo enojada:
–¡No
puede ser que entre todos los días como Pedro por su casa y se lleve algo!
Una
voz me decía: “A mí no me importa”. Pero primó la voz de la cordura y le dije:
–Sí,
no puede ser. No lo vamos a dejar entrar.
Desde
entonces la señora Betty no lo manda más, como a esos chicos que van a jugar a
casa de otros y les hacen algún desastre y después los padres no los mandan
más.
Betty
sigue siendo cordial y amable, pero más retraída. Ha habido un cambio. Antes
cuando me hablaba siempre sonreía feliz y también sonreía el ojo sano; ahora
pasa a veces un relámpago de bronca por el ojo sano cuando me habla. Ella dice
ahora “Claro, claro” en tono reticente cuando habla. Ahora siempre que la veo,
pienso que tiene un ojo de vidrio. No sé cómo arreglarlo. No le puedo decir
“Mándelo a Topo nomás, lo extrañamos tanto…”, no sería natural y además, muchas
maestras no quieren que el perro esté.
El
alumno Monzón
–¿Ese
lapi es pa’ mi hermano?
–No,
no tengo lápiz hoy.
Pero
no se va, es Monzón.
–Andá
al salón.
–No,
me mandó acá.
La
maestra lo mandó porque no lo aguantaba más. Él entra a la una, pero a veces
desde las diez está espiando por la ventana al turno de la mañana. Entonces la
maestra de la mañana lo ve y lo manda a hacer un mandado fácil; después entra
en su grado pero en otro turno que el de él y le dice a la maestra:
–¿Me
quedo?
–Bueno
–dice ella– pero mudo.
Entonces
se queda un rato al turno de la mañana hasta que la maestra s cansa y lo echa.
A la una, cuando sus compañeros están en clase, él espía por la ventana. La
maestra hace como que no ve.
Los
chicos dicen:
–¡Señorita,
Monzón está en la ventana y no vino!
La
maestra abre la ventana y le dice:
–¿Por
qué no vino hoy?
–Porque
no tengo zapato.
–¿Y
esos que tenés puestos qué son, me querés decir?
–Son
de mi hermano. ¿No tiene zapato?
–No,
no tengo y tenés que entrar
La
maestra ya lo dice débilmente, como de compromiso, porque el entra y sale.
–Bueno
–dice Monzón– voy a mi casa y vuelvo.
A
la media hora está en la Dirección porque ya la maestra no lo aguantó. No
parece preocupado porque le hubiese pasado nada, no puedo retarlo porque no
está enojado ni asustado ni tiene ningún rencor.
Escribo
y hago de cuenta que no está. Insiste:
–¿Tiene
lapi pa’ mi hermano?
–Ya
te dije que no. ¿Qué hiciste con el lápiz que te di ayer?
–Pa’
mi hermano era.
No
lo puedo retar. Voy a hablarle un poco amablemente.
–A
ver, escribí las vocales.
–¿Cuál,
la “a”?
Hace
la “a” contento, triunfante.
–Ahora
la “e”.
La
confunde con la “i”. Después me dice:
–¿El
rulo?
–Sí,
el rulo.
Hace
un rulo.
–Ahora
la “o”.
No
se acuerda y me pregunta:
–¿Tiene
hoja pa’ escribí?
–Si
–Le busco hojas.
–Decime
–le digo–, ¿qué vendías el otro día que te vi vendiendo?
–Vendo
peines. Acá tengo, ¿me compra uno pa’ mi hermano? Para el chiquito.
–Si
no tiene pelo.
–¡Sí,
sí, tiene mucho pelo!
–No,
no te compró. Tenés que vender otra cosa, a eso no lo vas a vender.
–¿Voy
a mi casa y vuelvo?
–Bueno
–le digo.
Creí
que no volvía. A los diez minutos estaba de vuelta y traía chicles para vender.
Los vendió a todos y sacó 5000 pesos.
–¿Me
cuida la plata?
–Bueno.
A
los dos minutos:
–¿Me
da la plata para comprar un helado?
–Bueno.
Comió
el helado, dio unas vueltas por el patio y como la maestra no lo quería tener
más, él solo se fue a su casa. Después volvió para mirar desde la puerta la
salida de los chicos. Yo la llamé a la mamá, que es una señora inteligente y
despierta y le dije por qué no lo mandaba a otra escuela para que aprenda más
despacio. Ella me miró con cara de lástima, como diciendo “Se ve que no conocés
lo que pasa” y me explicó:
–No,
señorita, ¿sabe lo que pasa? Es de familia. Mi hermano es ahora ejecutivo de
una empresa. Tiene casa, coche y vive muy bien. Cuando era chico ¡tardó tanto
en aprender la escuela! Y mi primo el pianista también, tardó mucho en aprender
la escuela.
Yo
no sé por qué le creía. Ponía tanta convicción en lo que decía, ella parecía
saber tan bien todo lo que pasaba… además pensé ¿por qué no? Cuando me dijo
eso, me quedé contenta.
Están
las maestras reunidas en el patio y les cuento que me dijo la señora de Monzón
respecto al nene. Lo cuento de modo neutro. Ni aprobando ni desaprobando, para
ver qué dicen.
Alicia,
la gorda, dice algo fastidiada:
–Pero
no, si le tomaron un test y dio no sé qué cociente.
Otra
maestra me mira con cara difícil, con cara de incomprensión.
–Andá
a saber –digo yo y me voy a otro lado.
A
veces me resulta difícil apelar a la lógica y al sentido común; a veces me
abandonan. Y a un director no le deben abandonar jamás la lógica y el sentido
común. Es el peor pecado para un director. Yo tengo que demostrar a cada
momento que sé muchas cosas y sobre todo, que uso la lógica. A veces tengo
ganas de trabajar y con astucia salgo del paso. A veces no tengo ganas y
si me dicen:
–Se
tapó el pozo del baño.
Yo
no tengo ninguna respuesta. Me dan ganas de decirle ¿y a mí me lo decís? ¡A mi
que me importa! Yo no pienso destaparlo.
O
si no:
–Me
parece que Lima tiene sarna. Que hago ¿lo mando a su casa no?
Y
no sé qué hacer. Además no creo que la sarna se contagie, no creo que el pozo
se tape salvo que la merda llegue a ser visible y este ya afuera; no veo al
bicho de la sarna pasando de una mano a otra.
Pero
como la presión para que lo mande es grande, digo:
–Sí,
mándamelo.
Y
Lima se va muy triste y sarnoso a su casa.
A
veces atiendo a los grados y tampoco tengo respuestas. Por ejemplo, la vez
pasada estuve en primer grado y un chico me dijo:
–Se
me perdió el lápiz.
De
repente a mí también me pareció que era una pérdida definitiva que no se podía
remediar.
O
si no:
–Me
robaron la goma.
Nunca
puedo descubrir quién roba las cosas.
Pero
pregunto:
–A
ver, ¿Quién le robo la goma?
–El
–dice el damnificado.
–Pero
él me sacó las pinturitas –dice el otro.
Puede
seguir media hora esta historia que no descubro nada. Lo mismo cuando dos
chicos se pelean, pregunto:
–¿Quién
empezó a pelear?
–Él
–dice el pegado.
–Pero
él empezó a cargar y ayer le pegó a mi hermano.
Muy
rara vez he descubierto a un verdadero culpable, tal vez porque tontamente
piense que un culpable debe tener cara de tal, o alguna señal especial. Lo
mismo cuando pasan por arriba de los bancos, a veces los dejo y a veces me
parece que no está bien. Entonces les digo, con voz neutra, ligeramente
imperiosa:
–No
pasen arriba de los bancos.
Un
maestro que se precia, debe saber fingir enojo y asombro. Diría así:
–¡Cómo!
¿Pasando por encima de los bancos?
Pero
el enojo debe ser de algún modo genuino, porque los chicos siempre detectan lo
que el maestro quiere y si el enojo no es real, pasan igual por arriba de los
bancos.
Lo
mismo cuándo una maestra me dice:
–Ayer
no vine, porque la verdad es que me quedé dormida.
¿No
es buena, después de todo, la sinceridad? ¿Cómo se le enseña a no quedarse
dormido al que tiene mucho sueño?
El
regalo para el día de la madre
Para
el día de la madre los chicos preparan regalos, voy a mirar que prepararon. En
un grado les sacaron el papel a latas que se usan para envasar (son latas que
los chicos también usan para guardar la “lumbrí”) y rodearon la lata con
vueltas de lana. “Bien pareja la lana para que no se vea la lata”, me dice la
maestra. “Es como una cajita para guardar alguna cosa.”
–¿Qué
cosa?
–Y
qué se yo –me dice– lo que uno quiere.
El
detalle paquete es un moño en la mitad de la lata. La lata parece una vieja
gorda y loca que tuviera un vestido de lana y se hubiera puesto un moño de nena
en la cintura.
–Está
bien –le digo yo.
En
otro grado hicieron la fosforera. La fosforera son cuatro cajas de fósforos
vacías (los fósforos son caros) pegados con goma. Cada cajita tiene una chinche
en el medio, simulando ser un cajoncito que tiene una manijita. Trato de pensar
que es un cajoncito miniatura, me digo “qué bonito”. Pero es una chinche.
–Muy
bien –le digo.
Me
entró un gran desánimo y tristeza. Ellos estaban contentos fabricando esos
regalos y las maestras también. Una maestra decía con toda paciencia:
–Ahora,
chicos, le ponemos una chinchesita…
Estaban
todos entusiasmados, fabricando cosas. Yo no podía contagiarme ese entusiasmo.
Era un día de lluvia y estaba todo inundado. Yo tenía la sensación de que la
vida era triste, pero no tenía el derecho de entristecer a nadie.
En
el recreo los retaron mucho porque se mojaron. Hacía tiempo que yo descuidaba
los recreos y no andaba por los patios. Hacía un tiempo que estaba descuidando todo.
Sentía solamente cómo les gritaban y era como si me gritaran a mí, pero yo no
podía tomar ninguna decisión; para que deje de gritar la que más gritaba,
tendría que haberle gritado a ella. Últimamente muchas maestras tomaron por
costumbre gritarles, avergonzarles por sus ropas o por su pelo. Cuando pasa
eso, yo me meto en la Dirección y no salgo. Pero es como si me gritaran a mí,
me quedo quieta y hasta que no se callan, no puedo ponerme a hacer nada.
El
otro día Alicia, la maestra gorda, que es la que más grita, no paraba. Yo
quería pensar en otra cosa y no podía. De repente me di cuenta de que lo único
que yo quería era comer una galletita. Si no comía esa galletita me moría.
Empezé
a comer, mejor dicho a roer la galletita. Los gritos de afuera eran cada vez
más fuertes. Yo cerré la puerta de la Dirección pero igual se oía. Mientras
roía, me asuste de mi propio ruido. Entonces mastiqué despacio, tratando de no
hacer ruido.
Estaba
absolutamente sola en ese lugar.
©
Hebe Uhart. Relatos reunidos. Alfaguara 2010.
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