miércoles, 31 de enero de 2018

A la orilla del río


 Hoy temprano, un hombre pescando a la orilla del río me dijo que no iba a llover. Es muy probable que sea así, su familia es muy antigua en este lugar que reconocen como propio, lo escuchan y lo sienten respirar.
 Es un marco para historias incompletas, con estribillos de "vaya a saber", que sería vaya a buscar lo que le falta para darse cuenta que siempre a las historias les faltará alguien que vaya a saber...

Una historia común, una mujer corriente lleva una vida con satisfacciones y muchas insatisfacciones, hasta que un día pega un salto y queda mirando los escenarios como desde un árbol alto. Pidió ayuda para ver y entender qué le estaba pasando. Quien la ayudó le reveló algo fundamental: no sabía cuáles eran sus propios deseos. Siguió haciendo y deshaciendo incansablemente lo que le gustaba o no le gustaba. Llegaba a tener grandes gustos y disgustos mientras permanecía inabordable la cuestión latente: quién estaba siendo, la que deseaba ser o la que deseaban los otros que fuera. A qué estaba respondiendo se fue haciendo cada vez más presente, subía con una marea interna de emociones encontradas. 
Al pedir ayuda esta vez, fue tan espontánea y sincera como para confiar y mostrarse descompuesta, se deshizo. Y en la respuesta entendió que debía descubrirlo sola, que era el punto de partida de un camino propio. Que en las contradicciones de su decisión había algo auténtico, y que todo lo demás debía ser un misterio. Esto último lo escuchó como si fuera un mandato.
Un camino largo para comprender de diferentes y crueles maneras el precio de su dependencia emocional. Creía que estaba siendo sincera consigo, que había encontrado sus límites, pero no podía ver las nuevas y desconocidas tramas en las que volvía a quedar atrapada, sobre todo poniendo en juego esa capacidad de crear y construir universos paralelos de plumas y de aire, por los que se trepaba cuando las circunstancias se fueron haciendo cada vez más crueles y perversas. Tardó muchos años en salir de un ambiente dominado por quien, perdiendo la razón, dejaba expuesta su absoluta dependencia emocional. Era la prueba de fuego, empezaba a darse cuenta hasta qué punto los arquetipos dominan las familias, hasta dónde las ficciones sostenidas durante años adquieren un poder que impide ver su decadencia y vulnerabilidad. Y llegó el día en que nada de lo que hacía para los otros, para mantener ese clima insostenible, fue suficiente. Había perdido parte de sus horas de trabajo, las había entregado para hacer lo imposible y nunca las pudo recuperar. Los requerimientos fueron tales que quedó encerrada, ignoraban su existencia, sus necesidades. Fueron sus hijos los que de diferentes maneras la acompañaron a salir de ahí.  
 Saltó nuevamente a la rama del árbol más alto, esta vez se ayudó a sí misma. Empezó a dedicarse lo que venía entregando a los demás. Como no sabía hacerlo, primero salió a derribar molinos de viento, a morder los talones o a salir corriendo. No se conocía. Retomaba su camino. Había descubierto que el ser fuerte y ser débil podían ser mascarones de proa, piezas que se separaban del cuerpo para ser puestas en los estantes de las famas; donde se compran y venden las versiones útiles de cada uno.
 Sintió de otras maneras, siguió equivocándose pero sin culpas. Comenzó a saber lo que deseaba, lo que podía ser. Siente que todo lo que está haciendo es provisorio y lo vive con intensidad, a su manera ésa a la que no quiere renunciar, con la alegría aquella a la que tampoco.

La pregunta que conmovió sus cimientos golpeó una puerta que sonó a bambalinas, no respondía nadie.
Fue algo que no podía dejar de escuchar. 









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