Siempre se aprende, puedo escuchar cómo vienen las respuestas cuando estoy atenta. Escuchaba con atención las historias de otrs que fueron armando una red, sobre todo la de Ana M. Estaba sola, y comenzó a mirar a su alrededor quiénes ya estaban haciendo, y se acercó a dos, luego fueron cinco; comenzaron a construir desde lo que ya estaba siendo. Siempre me gusta escuchar a Ana M, aprendo de ella cada vez que la encuentro, una vez al año; esta vez estuvo siendo crítica desde una lugar de poder reconocido, logrado. Sus mejor voz es la de los hechos, por eso es divertido escucharla, tiene el ánimo de la gente de acción. Sus pensamientos no se estancan en posturas, en toma de posiciones, en luchas, clavan una estaca y siguen, sin regodeos ni circunloquios, ni lamentos.
Bien que me hizo escucharla otra vez, podía imaginar un mapa, un apunte para la acción. Estoy viviendo entre tantos cambios inesperados y esperados, cerca de personas y ambientes que nutren, en una rara soledad. Cuando siento lejos a quien viene a decir, a decirme su vida, sin otro plan que exponerla, a decirme su alegría, con una narrativa despojadadecuadamente de emociones innecesarias, o quien las expresa como si tuviera hipo, rajando antes que se transformen en sentimientos. Mientras esto sucede siento el cansancio de una actuación que llegó a su fin. No es desolación, es hartazgo de gestos teatrales, de máscaras que se repiten viciosamente. Cansancio de volver a ver aquello que había previsto tras las apariencias (y que trato negar muchas veces, por un equivocado lema ver más allá impide disfrutar el hoy); pero un hoy con personas desafectadas, que claman ideales mientras fisgonean con gestos de caja registradora, requiere un punto y aparte que sólo vengo demorando en su forma, para que no pegue.
Mientras despego en la mañana marcada por los resultados de unas elecciones que anuncian ajustes y desajustes, siento que en tiempos feroces puedo acercarme al fuego y alejarme de los resplandores.
Ese es el combustible que necesito hoy para vivir
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