Cada vez que una médica o un médico hablan del cuidado de esos tejidos internos, tan internos como fundamentales, pienso en la ternura.
En la estructura ósea o muscular esas "telitas", velos muy delicados, membranas que unen, cubren, envuelven, sostienen las zonas vitales. No hablamos nunca de ellas, ignoramos su poder.
Nuestras zonas tiernas, vulnerables, nos exponen recíprocamente. Exponen nuestro aprecio, hacia dónde se dirige, de qué se alimenta, cuándo y de qué se espanta. La ternura descubre la belleza escondida en las irregularidades, en los descuidos, las faltas, los desconciertos.
La enorme capacidad poco reconocida de la ternura.
Y me quedo con la plasticidad de los que transcurren dando y generando incansablemente, silenciosamente. Como el tejido tierno y vital, su obra casi no se ve, se hace y deshace imperceptible y generosamente. Me detengo atraída por esa belleza invisible y poderosa. Cuando se dañan, duele saber cuánto de lo irreparable se pierde. Son armonizadores de la sociedad, son los que saben tomar entre sus manos los nidos de colibrí.

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