sábado, 19 de diciembre de 2020

En una mesa de examen

 

 Baldomero fue médico rural en el sur pampeano, poeta y catedrático, que nació a fines del siglo XIX en el Barrio de SanTelmo, lugar de origen de una epidemia en la ciudad de Buenos Aires, todavía  recuperándose de los estragos de la fiebre amarilla e instalando un plan de salud pública que generó la primera red de agua corriente. Entre una familia de comerciantes españoles que lo habían llamado Baldomero Eugenio Otto (y creo que del Otto surgió el Friedt) y decidieron volver a Europa antes que terminara el siglo, y así, cuando tenía 6 años llegó a la Cantabria española a vivir su escuela primaria y secundaria. 

  Este poema de Baldomero acompañó varias de mis clases en tiempos del retorno a la democracia de los 80.

  En estos días, estuve compartiendo una mesa de examen sin bolillero, pero cargada de las viejas premisas que el poeta transforma en imágenes inolvidables por su belleza metafórica, en esa luz que cae sobre colores y sabores dulces y cálidos. Hoy siguen existiendo jóvenes viejs y adults que nacieron viejs, que sólo consumen el progreso industrial de los siglos, y no pueden ver ni sentir las corrientes cálidas de encuentros entre lo que se ignora y lo que comienza a ser.


  Un aplazado       

   Habla Friedt

De pronto, como un breve latigazo,
mi nombre, Friedt, estalló en el aula.
Yo me puse de pie, y un poco trémulo
avancé hacia la mesa, entre las bancas.
Era el examen último del curso
y al que tenía más miedo: la gramática.
Hice girar resuelto el bolillero
Las dieciséis bolillas del programa
resonaron en él lúgubremente
y un eco levantaron en mi alma.
Extraje dos: adverbio y sustantivo.

Me dieron a elegir una de ambas
y elegí la segunda. —¿Y qué es el nombre?
díjome uno y me asestó las gafas.
Sentí luego un sudor por todo el cuerpo,
se me puso la boca seca, amarga,
y comprendí, con un terror creciente
que yo del nombre no sabía nada.
Revolvía allá adentro, pero en vano,
me quedé en absoluto sin palabras.

Y empecé a ver la quinta en qué vivíamos:
el camino de arena, cierta planta,
el hermano pequeño, mi perrito,
el té con leche, el dulce de naranja,
¡qué alegría jugar a aquellas horas!
Y sonreía mientras recordaba.
—¡Pero señor —rugió una voz terrible—,
el nombre sustantivo, una pavada!—
Tiré a la realidad: sobre la mesa
los dedos de un señor tamborileaban,
cabeceaba blandamente el otro,
el tercero bebía de una taza.

Hacía gran calor. Yo tengo una
cara redonda, simple, colorada,
los ojos grises y los labios gruesos,
el pelo rubio, la sonrisa clara.
Yo quería jugar, no dar examen
darlo otro día, sí, por la mañana...

Se me nubló la vista de repente,
los profesores se me borroneaban,
adquirió el bolillero proporciones
gigantescas, fantásticas,
oí como entre sueños: Señor mío,
puede sentarse... —Y me llené de lágrimas.

                                                       Baldomero Fernández Moreno


 Este año también conocí personas que sienten y piensan la vida poéticamente, alguns rimando y otrs encantándose nomás. Seres esenciales

 

 



miércoles, 16 de diciembre de 2020

En el supermercado

 

 Había llegado a la caja con un ananá y un repuesto de pilas.

 Sólo me faltaba retirar dinero para entregar al comisionista, y me quedaba poco tiempo. Éramos dos personas en la cola, un hombre que llevaba algunas cuantas cosas y que al recibir el ticket, decidió retirar dinero. La cajera era nueva, no mostraba todavía los rasgos del entrenamiento final. Por norma, quien necesita retirar dinero, lo dice antes que se cierre la operación de compra. Esto la confundió un poco, sólo había 1000 pesos en la caja de los 5000 que necesitaba el cliente y porque el hombre se quejó por venir de lejos y la cajera le dio explicaciones... se generó una sumatoria que, generalmente, alimenta enredos. La otra cajera escuchó en el momento que le estaban pagando 4000, y dijo que podía solucionar la situación.  

 Hice un infeliz comentario en voz alta, sobre que tenía alguna posibilidad que ingresaran los 2000 que necesitaba... Y apenas el hombre lo escuchó, requirió ser atendido como le correspondía porque él necesitaba más dinero y era su turno... Y se reseteó la situación cuando expliqué... que estaban agotados los cajeros automáticos, que era una situación general. 

  Intervino una supervisora,  preguntó qué sucedía  y el cliente, inmediatamente, dijo que no le estaban entregando el dinero que necesitaba y no se respetaban los turnos. Las cajeras quedaron balbuceando; drásticamente, la interventora decidió conformarlo y aparecer con 5000 pesos más, le preguntó cuánto necesitaba, y respondió "todo". Todavía con el dinero en la mano, se inicia un proceso de tachado- borrado de operaciones bajo la advertencia de que ese dinero venía del bolsillo del personal administrativo y debía ser recuperado rápidamente.

 (... Imaginé que ante esta revelación, el cliente podía volver a abrir sus fauces y querer más, preguntar cuántos bolsillos de los empleados de la empresa podían responder a su necesidad de cincomiles... imaginé a modo de ficción, o de algún cientista que obtenía datos para su tesis dramatizando al estilo teatro del oprimido de Augusto Boal... Todo esto para dispersar mi propia reacción y no empantanar más la cancha 💬)

 Había decidido quedarme absolutamente callada de voz y gesto, percibiendo un momento especial tanto por el efecto que podía desencadenar en la situación laboral de las cajeras, como por la escena de lectura que me permitía hacer. 

 Mientras me estaban despachando, la interventora inició una guardia entre la dos cajas (las únicas en funcionamiento de cuatro, a las cinco y media de la tarde) para que le fueran entregando los cinco mil que debía devolver al empleado prestador.

 En simultáneo, mientras yo había estado esperando, envié un mensaje al comisionista que lo resolvió al instante, transformándose en mi prestador...

Y colorín colorado, esta muestra ha terminado.

... o sería así, si yo no viviera estudiando y descubriendo lo reparador que es para mi carácter, llevar las teorías a la práctica como si fueran instrumentos que permiten captar mejor el medio, y reducirme a una falla más en los sistemas deshumanizantes... 

...pensando en la historia de esta cadena de meganegocios que se inicia con los protagonistas de las trágicas apropiaciones privadas del territorio que llamaron nacional, con la toma de esas tierras habitadas a las que los prestadores-inversores decidieron condenar con la pluma y la palabra "desierto"...


 

viernes, 4 de diciembre de 2020

 


Un no lugar es por donde ando serpenteado.

Cada presente ya fue, no quiere seguir siendo. Resistencia no es, quizás sea lo contrario. De resistir sé demasiado como para confundirme. 

Vaya a saber qué es lo que viene siendo...

Me harta un cansancio de ver y ver la peli de lo que estamos haciendo como si quisiera adaptarme, y sé que no. Pero me entretengo, atisbando que algo surja de la rotativa como un defecto, una falla en la monotonía y una señal para la creación, para la conmoción. A veces creo verla, y tengo que seguir creyendo para mantener un estado de encuentro con la vida auténtica. Suelto las rutinas de lo que debo y me quedo con las plantas y los bichos, y el viento y las nubosidades, y el sol espléndido, o el frío después de un intenso sopor mesopotámico, o las tormentas que frenaron una sequía y van y vienen como abriéndose paso. 

 Reinicié la quinta del abuelo, suspendida en un eterno interrogante de proyectos inválidos que nunca pude compartir más que como fiel compañera. Es un tiempo para esto, sostenido por la onda verde, y dar una mano a necesidades de los que quedaron en las banquinas, aunque como en la fábula del zorro y el quirquincho todo lo haga con la desconfianza necesaria para no abandonarlo: vivo en un feudo empresarial gloabalizado. Mi naturaleza es quirquincha, y he aprendido de las zorrerías que despierta mi quirquinchez. Valoro al zorro, sobre todo por sus desmañadas maneras de componerse y descomponerse, de eso algo aprendí (previa evaporación de la humareda de orgullo que signó mi educación) 

  Ya estoy cansada de "jugar a las casitas" con las modas. Resulta que ahora se usa valorar las flores silvestres y las gramíneas, y está siendo la oportunidad de compartir lo que siempre me han combatido: esa forma detenerme en la belleza de lo simple, de encontrar olores y expresiones mínimas de lo espléndido, lo excepcional. Ver lo extraordinario en lo ordinario me hace sentir libre. Lo aprendí con mi padre, se detenía ante lo minúsculo y lo saludaba, no pasaba de largo. Por eso, no me deslumbran las grandes catedrales ni exhibiciones lujosas. Veo vulgaridad hasta en lo más estilizado. No logramos superar la increíble creación original del mundo natural. 

Sí me divierte la hechura humana no pretenciosa, la que sale cantando y se expresa con intensidad, desprolijamente. Me apasiona esa vida descalza y adornada de colores y expresiones alegres, que puede reírse de sí misma y rechaza la burla y la impostura. 

Estas son cosas serias de la vida, todo lo demás es humo y espanto, pompa y circunstancia,  "...es verdad/ pues reprimamos esa fiera confusión,/ esa furia, esa ambición,/ por si alguna vez soñamos/ Y así haremos,/ pues estamos en mundo tan singular,/ que el vivir sólo es soñar/ y la experiencia me enseña/ que el hombre que vive sueña lo que es/ hasta despertar..."

 Me hice cargo de conservar y transmitir esta herencia; lo he disfrutado siempre en la intimidad, ahora juego a hacerlo en lo público. Pero ahí no pueden suceder cosas tan hermosas como cuando en un viaje a visitar a los hermanos con mi hijo niño, gastamos el dinero que llevaba para comprar un celular en un telescopio que se nos cruzó maravillosamente, y volvimos felices. Todavía hoy, cuando nos reunimos, el telescopio nos acompaña. Yo no tenía celular y me quedé con uno viejo de otra persona.