sábado, 28 de febrero de 2015
viernes, 20 de febrero de 2015
Los caminos del arte
El arte abre caminos, algunos para ser artistas, esos son los que menos me importan, dudo cuando son intencionales. Pero el arte, a todas las personas, les ofrece un lenguaje diferente para conocer y conocerse. En estos días de vacaciones estuve dibujando alguna vez y también tuve un accidente que me obligó y obliga todavía, a cambiar los ritmos, los tiempos, los planes. Por eso, todo lo que se relacione con ello me absorbe, me concentro en ver cómo mi cara está perdiendo moretones que van pasando como nubarrones de una perezosa tormenta de verano.
Y hoy leo en el diario este título: Mi pintura es un accidente
Del texto en general hago un recorte, porque no coincido con expresiones que dividen a la gente vulgar de los artistas, como si la vulgaridad fuera una clase social, una casta más bien. Para colmo menciona al gran Picasso, que no se cuidó ni cuidó de sus vulgaridades. Pero si lo hubiera juzgado por ese primer párrafo, me hubiera perdido todo el despliegue nada vulgar para mí, que venía después.
Una madrugada que me desperté y me puse a dibujar me preguntaba por qué podía dibujar así, como quería, conforme o no, pero con posibilidades de hacerlo, sin haber tocado los lápices durante años. Y sin embargo, había algo que me gustaba de los trazos, algo que estaba inventando. No pensé más en eso.
Luego pasó el accidente, un golpe en la cabeza con un objeto callejero oculto a la vista, que por inercia, provocó el rebote de toda mi cabeza contra el suelo.Y mientras sabía y esperaba saber que nada vital estaba roto, fui quedándome (primero creí que atrapada) llevada y organizada por otros tiempos.
No me gustan las pinturas de Bacon, prefiero la carnívora pintura de nuestro Alonso. Pero sí, lo que dicen que dice en este artículo:
El pintor Francis Bacon habló de “ese accidente que uno decide preservar”.
Bacon es conocido por su modo peculiar de explorar una zona de forma orgánica que se relaciona con la imagen clásica del cuerpo humano, pero distorsionándola por completo. Allí el rostro se hace carne. La pintura del siglo XX encontró en esa zona sus expresiones más fuertes. En una serie de entrevistas de David Sylvester, Bacon explica su experiencia de esa zona, confesando este recurso que conocemos y desconocemos, el de la complicidad con el azar: “Si uno pudiese explicar su pintura, estaría explicando el inconsciente. No se puede explicar el inconsciente. La pintura sólo capta el misterio de la realidad si el pintor no sabe cómo hacerla”.
El neurótico, que es un sin-nombre, busca y no encuentra, y cuando encuentra, le resulta moralmente traumático, rechaza ese horror que lo sedujo, lo reprime, no admite lo que encontró; no es digno de encontrar, de elegir. Francis Bacon no se comporta como un neurótico: el azar le permite encontrar lo deseado y él firma en nombre propio ese hallazgo. Sella así, cada vez, su pacto con el destino, ese ineluctable que sólo se realiza accidentalmente. El destino, decía Heidegger, es una latencia, una permanencia enigmática que se expresa en lo súbito, en lo abrupto, en lo no previsto. El destino es sin manual. Bacon prosigue: “Las articulaciones de las formas que surgen por azar parecen más orgánicas y parecen funcionar más inevitablemente, surgen sin que nada interfiera”.
Bacon confía en el azar: “Toda la pintura es para mí un accidente, y a medida que me hago más viejo, más aún. Casi nunca la realizo como la preveo. Utilizo pinceles muy gruesos, y tal como trabajo no sé en realidad muchas veces en qué acabará. Cuando, hace unos días, intentaba desesperadamente pintar aquella cabeza de una persona concreta, utilicé un pincel grueso y mucha pintura y la apliqué con gran libertad, no sabía al final lo que estaba haciendo y de pronto sonó un clic, y se convirtió exactamente en algo parecido a la imagen que yo intentaba reflejar. Pero no por voluntad consciente, no tenía nada que ver con la ilustración. Aún no se ha analizado por qué esta forma particular de pintura resulta más penetrante que la ilustración. Supongo que se debe a que vive por sí misma, como la imagen que uno trata de atrapar”.
Ese accidente que uno decide preservar, en el caso del artista realiza un destino; en el del neurótico lo congela, lo demora, lo deja en espera sufriente. En lugar de firmar el hecho, el neurótico ni siquiera lo cuenta, lo guarda para sí, lo reprime, lo olvida, lo adorna y camufla con fantasías. El hecho existió, acaso no fue tan grave, pero quedó cristalizado como núcleo generador de esa ficción privada, la fantasía, que fija la posición del neurótico en el deseo: inhibido, irresoluto, postergado.
