Dos piedras sobre mi mesa de trabajo, una gris verdoso y ocre, la otra ambarina, veteada por rasguños y pliegues castaños, salpicada de mica. Una se extiende horizontal y la otra se arrebuja sobre sí misma, tiene el tamaño de mi mano y es la más pesada.
Diferentes formas y estructuras. Diferencia que hace a la vida, diferencia donde nace la vida y con ella perdura. Cada órgano de nuestro cuerpo tiene grandes diferencias con los otros y juntos son organismo de organismos, un sistema que funciona integrando diferencias.
Y aquí estamos, en el mundo de los..."Sin embargo", contraviniendo, caminando a contramano de mandatos naturales que nos constituyen, y dando lugar a formas de homologarnos y desconocernos en las diferencias. Combatiendo lo que no entiendo, lo que no soporto, exigiéndome/le que sea entendible y soportable.
Mostrarse vulnerable, incompleta/o, vivo/a, afectado/a, involucrarse sin alienarse, sin responder a mandatos de masificación: movimientos sociales convocando a masas de desocupados que se autodefinen desde hace décadas como "clasistas y combativos", principios básicos de las tiranías que sostienen el deterioro de sus días, las pérdidas de sus derechos y su condición de desterrados, productos de una sociedad clasista y combativa. Contradicciones que alimentan los mecanismos más burdos, precarios y bestiales de los sistemas dominantes. Debilitados por usos y costumbres inhumanos instalándose en nuestras zonas de privacidad y creatividad, aturdidos por permanentes construcciones de realidad, de mentiras que se muestran claramente para cualquier mente despejada que escape a espejismos instalados para atolondrarnos y volvernos contra nuestros mismos pares. Chicanas, miradas sesgadas, fanatismos y derrumbes, caminamos entre los escombros de comunidades desintegradas, esquivando idólatras desilusionads.
Darse cuenta, ser concientes de esa fuerza irreprimible que surge de la comunidad y nos acerca a lo más importante: la alegría de compartir encuentros, convivencia, espacios naturales y creatividad entre generaciones y culturas diferentes, ejerciendo lo que repara nuestras vitalidades domesticadas y acobardadas por prejuicios, modelos y cargas.
Estas dos piedras que no son carga, son presencia silenciosa de la vida que sostiene las estructuras y sustentan nuestro equilibrio. Aferrarnos a logos y hologramas que secan nuestra imaginación y apartan nuestra comunicación con la sensualidad de los entornos naturales, cotidianos, de imágenes sensoriales que guardamos desde que nacemos.
Recomponer esa comunicación con las composiciones de un espacio mutante, terrible, alerta, cargado de señales y resignificado, como en los juegos y aventuras de la niñez.