Baldomero fue médico rural en el sur pampeano, poeta y catedrático, que nació a fines del siglo XIX en el Barrio de SanTelmo, lugar de origen de una epidemia en la ciudad de Buenos Aires, todavía recuperándose de los estragos de la fiebre amarilla e instalando un plan de salud pública que generó la primera red de agua corriente. Entre una familia de comerciantes españoles que lo habían llamado Baldomero Eugenio Otto (y creo que del Otto surgió el Friedt) y decidieron volver a Europa antes que terminara el siglo, y así, cuando tenía 6 años llegó a la Cantabria española a vivir su escuela primaria y secundaria.
Este poema de Baldomero acompañó varias de mis clases en tiempos del retorno a la democracia de los 80.
En estos días, estuve compartiendo una mesa de examen sin bolillero, pero cargada de las viejas premisas que el poeta transforma en imágenes inolvidables por su belleza metafórica, en esa luz que cae sobre colores y sabores dulces y cálidos. Hoy siguen existiendo jóvenes viejs y adults que nacieron viejs, que sólo consumen el progreso industrial de los siglos, y no pueden ver ni sentir las corrientes cálidas de encuentros entre lo que se ignora y lo que comienza a ser.
Un aplazado
Habla Friedt
De pronto, como un breve latigazo,
mi nombre, Friedt, estalló en el aula.
Yo me puse de pie, y un poco trémulo
avancé hacia la mesa, entre las bancas.
Era el examen último del curso
y al que tenía más miedo: la gramática.
Hice girar resuelto el bolillero
Las dieciséis bolillas del programa
resonaron en él lúgubremente
y un eco levantaron en mi alma.
Extraje dos: adverbio y sustantivo.
Me dieron a elegir una de ambas
y elegí la segunda. —¿Y qué es el nombre?
díjome uno y me asestó las gafas.
Sentí luego un sudor por todo el cuerpo,
se me puso la boca seca, amarga,
y comprendí, con un terror creciente
que yo del nombre no sabía nada.
Revolvía allá adentro, pero en vano,
me quedé en absoluto sin palabras.
Y empecé a ver la quinta en qué vivíamos:
el camino de arena, cierta planta,
el hermano pequeño, mi perrito,
el té con leche, el dulce de naranja,
¡qué alegría jugar a aquellas horas!
Y sonreía mientras recordaba.
—¡Pero señor —rugió una voz terrible—,
el nombre sustantivo, una pavada!—
Tiré a la realidad: sobre la mesa
los dedos de un señor tamborileaban,
cabeceaba blandamente el otro,
el tercero bebía de una taza.
Hacía gran calor. Yo tengo una
cara redonda, simple, colorada,
los ojos grises y los labios gruesos,
el pelo rubio, la sonrisa clara.
Yo quería jugar, no dar examen
darlo otro día, sí, por la mañana...
Se me nubló la vista de repente,
los profesores se me borroneaban,
adquirió el bolillero proporciones
gigantescas, fantásticas,
oí como entre sueños: Señor mío,
puede sentarse... —Y me llené de lágrimas.
Este año también conocí personas que sienten y piensan la vida poéticamente, alguns rimando y otrs encantándose nomás. Seres esenciales