Entraba desde el patio escuchando el sonido estridente de un insecto. Fui buscando el lugar donde podría estar lo que parecía un grillo, pero sonando como si estuviera tensado. Al acercarme se manifestaba en grito.
Estaba en un ángulo del zócalo, atrapado por una araña, sin otra posibilidad de movimiento que su voz: un grito de auxilio. Lo agarré, soplé las telarañas que habían empezado a envolver sus patas, y lo dejé afuera entre las plantas, dentro de mi mano se movía, podía soltarse.
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Comprar una piña que huela a fruta. Y dejarla en un ambiente donde se pueda expandir su aroma mientras vaya madurándose. En algún momento su olor es tan insistente, que llama. Es un llamado que anda entre las papilas, la saliva y las narinas, hasta que las conmueve.
Es otro grito
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Es la vida natural. Las alarmas son tan disonantes o consonantes como los sentidos que reúnen, atraviesan y comunican.
Nuestra vida tiene sentidos que por incomprensibles, no son admitidos o quedan enredados entre valoraciones que desplazan, maquillan.
Después de descomponerme buscando el origen de sensaciones que gobernaban mis tripas, ocupándome de reconocer qué sabores y sinsabores las habían gestado, necesito salir del sismógrafo y recuperar algo del equilibrio con que me identificaba cuando ignoraba tanto... Portando tragedias familiares que se transmitieron por generaciones, fui al encuentro de historias no contadas, acalladas, mentidas. A través de personas que conocí (por casualidad) viviendo actualmente en los escenarios del pasado de mis abuelas y mi madre, pude acceder a documentación de hechos violentos que les hicieron mucho daño. Las menos afectadas quedaron atrapadas en marañas de suspicacias y falsificaciones, con un sentido trágico encubierto por el mandato de ser fuertes.
Algo viene concluyendo desde entonces, liberándose, de muchas maneras que voy conociendo, los fantasmas heredados.