miércoles, 14 de junio de 2017

De gustos y disgustos


Me gustaron unas afirmaciones de Miguel Angel Solá en una entrevista radial, sintetizan verbalmente algo que yo no podía traducir.

El machismo..."hay una sobreprotección de la enfermedad, tener encima al sistema funcionando, es proteger la enfermedad"

Y  así en todo aquello que se ha "viralizado" como toma de conciencia global, e institucionalizado en una nube propagandística que no llueve. O que no sabemos si dónde o si cómo, rodeados o protagonizando (es lo que sospecho en la mayoría de los casos) violencia machista, entonamos himnos de resistencia, pero esquivamos acciones próximas y comprometidas. Aportarían un alivio (a nosotros y a los "otros") o esperanza a situaciones cotidianas.
 Esa frase expresa la dolencia haciéndose crónica, impidiendo desligarse de ella, atribuyéndola, sin pensarla como síntoma de un organismo alerta, sino como estado que define, que constituye.

Hubiera escandalizado, y no es mi intención- por el momento, manifestar los profundos rechazos que me produjeron en una reunión libertaria, humanitaria, las expresiones machistas reiteradas, ensañadas diría, de mujeres "superadas". Escuchaba el tratamiento del "hombre objeto", y no creo que la pasaran muy bien los varones presentes, con tanto fetichismo sobre lo que nos diferencia y une amorosamante. Degradads por una ferocidad consumista, también instalada en "las partes" de hombres y mujeres.
Estamos al horno de estupidizados, despedazados, entorpecidos, desamorados.
¿Qué nos pasa? ¿Dónde está el alma? es la pregunta con la que me quedo.
¿Qué gran ruido ha ensordecido los sonidos y las cuerdas que rozan las yemas, las papilas, los tonos, semitonos y claroscuros de nuestra sensualidad, de nuestras sensibilidades finas?

Que qué hacemos con la pasión?
Dejarla que se polarice es más fácil, ella tiende a consumirse en sus propios fuegos. Tamizarla con ternuras, aderezarle dulzuras, exudarla...  
O transformarla en un graznido de cuervos ateridos buscando la presa, hace a la diferencia.




domingo, 4 de junio de 2017

Historia de dos que soñaron

HISTORIA DE LOS DOS QUE SOÑARON

Jorge Luis Borges

Cuentan hombres dignos de fe que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan.
Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: "Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla". A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros del desierto, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres.
Llegó al fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y por decreto de Alá Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mezquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea.
El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: "¿Quién eres y cuál es tu patria?" El otro declaró: "Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí". El Capitán le preguntó: "¿Qué te trajo a Persia?" El otro optó por la verdad y le dijo: "Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste".
Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: "Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo, en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete."
El hombre las tomó y regresó a su patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Alá le dio bendición y lo recompensó.



¿Alá no quiso que los hombres compartieran el tesoro, o fueron los hombres?